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Relatos
  Gorgona - La Joya del Pacífico 
Junio 18,03
Autor: Alvaro José Negret   
 
 

Este hermoso relato describe un recorrido por las playas y la selva de las Islas Gorgona. Un ejercicio de reconocimiento de la geología, la fauna y la flora que permitirá caracterizar los ecosistemas que componen el paisaje insular.


Nuestra última visita a las islas de Gorgona la realizamos en compañía de un grupo de estudiantes universitarios con quienes recorrimos por playas y selva, los 12 kilómetros que separan la punta de “El Horno” y la playa de Gorgonilla en el otro extremo de la isla. Hacíamos un ejercicio de reconocimiento de la geología, la fauna y la flora en un esfuerzo académico por caracterizar los ecosistemas mas representativos que componen el paisaje insular.

Nos embarcamos en Buenaventura tomando el pequeño barco de carga y pasajeros que realiza rutinariamente el recorrido entre este puerto, el de Guapi y el Charco, en el Departamento de Nariño. Zarpamos a las ocho de la noche después de habernos ubicado en los sofocantes camarotes, donde solo es posible dormir rendido por el cansancio. El barquito llamado “Helmar”, salió del viejo muelle abriendo paso entre una sopa fluctuante de aserrín, cáscaras de naranja y papeles desmechados. El movimiento del barco permitió por primera vez la entrada de la brisa, y sentimos alivio cuando se despegaron las camisas de nuestras espaldas.

El bochinche de los vendedores del pueblo se alejó, y el olor a marisco se hizo menos perceptible. Nuestro barco pasó lentamente frente a enormes buques mercantes anclados en la bahía, donde los marineros se observaban minúsculos entre infinidad de lucecitas encendidas. Media hora mas tarde estábamos navegando mar afuera y el barco comenzó a mecerse al ritmo de las olas. La oscuridad de la noche y la monotonía nos reunió en la cabina de mando.

El capitán, atento al frente y prendido del enorme timón, era un hombre serio que infundía confianza. Nos explicó el manejo de la brújula, el compás, el radio y numerosas mañas de navegación. Había tres marineros que hacían el trabajo de limpieza, cocina y máquinas, entre los cuales el mas viejo era un experto contador de cuentos.

Avanzada la noche nos distrajo con sus ricas historias sobre su naufragio en Panamá, donde permaneció por más de 36 horas aferrado a un tanque de gasolina, y su experiencia en una tormenta de olas gigantes frente a la isla del Gallo, durante el maremoto que semidestruyó el puerto de Tumaco.

Rendidos y hasta mareados, no hubo más remedio que ocupar los ardientes camarotes, dotados cada uno con cuatro estrechas camas cubiertas con sábanas blancas y una almohadita mas alta que larga. No había transcurrido mucho tiempo y alguien gritó ¡Gorgonaaaa”. Como resortes, salimos al instante y allí estaba entre la niebla del amanecer.

Semejaba el lomo de un gigantesco dinosaurio de sutil gris azulado, que contrastaba muy poco con el mar. Era el espinazo de esa antigua cordillera que se extendía desde el Ecuador hasta Panamá y cuya continuidad parece ser la Serranía del Baudó.

Así la vio Francisco Pizarro y los trece del pacto de la gloria, quienes en 1527, permanecieron siete meses en Gorgona a la espera de un pequeño bergantín con nuevos refuerzos y provisiones, antes del fatídico asalto al imperio del Tahuantisuyo. A su paso por la isla fueron recibidos por indígenas del grupo Idibáez, probablemente emparentados con los conocidos Sindáguas, que habitaron gran parte del territorio de Pacífico y el Valle del Patía. Varios de los hombres de Pizarro, mientras inspeccionaban el terreno tuvieron el infortunio de ser mordidos por serpientes venenosas, lo que los llevó a asociar aquellas islas con los personajes mitológicos de Medusa, Euryale y Sthenos, las Gorgonas que peinaban cabellos ensortijados de serpientes.

A medida que el barco se aproximaba, el sol fue disipando las tenues nubes y pudimos apreciar los magníficos palmares de coco y los bosques secundarios que recuperan el paisaje de la inclemente presión ocasionada por más de un siglo de explotación. La ocupación y el desmonte tuvo su inicio cuando el libertador Simón Bolívar, hizo entrega de la isla al mayor Federico D´gross, en reconocimiento por los valiosos servicios prestados en la batalla de Vargas. Más tarde, la isla fue adquirida por la familia Payán que estableció las primeras fincas productivas de coco, cacao, frutales y pescado.

En 1959 fue convertida en prisión y así permaneció hasta 1985 cuando ingresó definitivamente al Sistema Nacional de Parques Naturales.

Durante este triste período, hubo cerca de tres mil personas, entre prisioneros, vigilantes, personal administrativo y sus familiares, que dependieron en gran parte de los recursos naturales de la isla. En buena hora, fue declarada Parque Nacional Natural y rescatada para el disfrute de todos los colombianos.

Finalmente llegamos, y el barco se aproximó lentamente hasta el viejo muelle de enormes troncos de mangle, que hoy ya no existe. Por un instante nos asaltó el temor del desembarque: las tablas húmedas, las manos ocupadas con las mochilas, el balanceo de las olas que continúa minutos después de estar en tierra.

En el agua traslúcida, junto a los pilotes cubiertos de ostras, nadaban cientos de pececitos multicolores, y bandadas de fragatas y pelícanos revoloteaban sobre nosotros. Hibiscos asiáticos y otras plantas exóticas mostraban sus flores encendidas en el camino hacia el poblado donde funciona la administración del parque, y un olor agridulce se levantaba bajo los almendros donde los frutos maduros realizaban su limpia descomposición.

Nos sorprendió la enorme infraestructura que mezcla una arquitectura reciente y otra mas vieja establecida durante la prisión: jardines, patios, casas, laboratorios y muros derruidos que fueron testimonio de las más censurables infamias. No habíamos organizado todavía nuestros equipos en los apartamentos asignados, cuando vimos pasar a Magdaleno, un negro fornidísimo y excelente pescador que habíamos conocido tiempo atrás en Guapi. Voy a troliar cerca al Viudo para sacar el pescado del almuerzo, nos dijo, y amistoso mostró sus relucientes dientes perfectos. Llévenos Magdaleno repliqué de inmediato y corrí para sacar mi yoyo con nylon de 80 libras y un señuelo metálico salpicado de pintas rojas que escondía un poderoso anzuelo de acero.

Subimos a la lancha y enrumbamos entre las olas azules a las rocas de El Viudo. Pasamos sobre La Azufrada, un extraño lugar submarino donde emanan gases sulfurosos, y un poco mas allá Playa Blanca y su fantástico arrecife de coral. Nos hubiera encantado detenernos y observar los bosques de madréporas con sus cardúmenes de peces amarillos, pero la lancha pasó de largo.

Alcanzamos la punta de la isla y surgió desde el agua cristalina, la impresionante mole de basalto donde las bubias de patas coloridas construyen sus nidos en los estrechos aleros de la roca. Magdaleno detuvo la embarcación para lanzar su grande anzuelo escondido entre plumas de gaviota.

Las olas golpeaban con firmeza el fondo de la embarcación y el agua salada no escurría por el rostro. Nos miramos sin cruzar palabra, lanzamos los anzuelos y arrancó el motor suavemente. Soltamos cada uno unas sesenta brazas y afianzamos los sedales en las manos a la espera del emocionante jalonazo. No demoró mucho. Simultáneamente teníamos prendidas en nuestras líneas dos voraces sierras plateadas. Un poco mas tarde un loro o dorado de grandes ojos castaños y una agresiva barracuda que intentó mordernos al sacarla sobre la lancha. También fue presa del anzuelo un corpulento jurel que mantuvimos preso en el nylon por mas de media hora hasta lograr dominarlo.

En la tarde caminamos por un solitario sendero hasta la playa que los prisioneros denominaban Pablo VI, y que posteriormente se le cambió el nombre por “Yundigua”, en homenaje al último cacique de Gorgona, quien vivió después de la conquista, y de cuya tribu se han encontrado numerosos vestigios, elementos de su cultura material y algunos petroglifos. El camino cruza entre la selva y atraviesa tres riachuelos de agua dulce, donde camarones de grandes tenazas tornasoladas se esconden entre las ramas y las rocas del fondo. En el camino nos detuvo una enorme boa atravesada sobre la trocha y que nos permitió fotografiarla antes de esconderse lentamente en su oscura madriguera.

Vimos el vuelo y oímos el estridente grito del elegante halcón peregrino que visita las islas durante su viaje migratorio entre los Estados Unidos y el Sur de Sudamérica.

Encontramos a nuestro paso, varios afloramientos de komatitas, extrañas rocas oscuras y densas, de textura espínifex, que han atraído hasta la isla a más de un estudioso en geología. Constituyen rocas del piso oceánico, ricas en magnesio, formadas por el súbito enfriamiento del magma en contacto con el agua marina. Junto a ellas, otras rocas de afinidad oceánica y paquetes de sedimentos recientes componían el substrato geológico del paisaje. Finalmente, alcanzamos la playa de arena coralina, entramos al mar y pudimos disfrutar de sus aguas deliciosamente tibias. Quizá esta sea la razón por la que las ballenas jorobadas emprenden sus larguísimos viajes migratorios desde las heladas aguas de la antártica para realizar aquí sus juegos amorosos.

Esa noche en Gorgona caminamos por la playa en busca de sorpresas. Un ejército de pequeños cangrejos caminaba en todas direcciones, y desaparecían en sus huecos profundos a medida que nos aproximábamos a ellos.

Encontramos una centenaria tortuga marina que cavaba amorosa en la arena con sus rígidas aletas, y en el húmedo hoyo depositaba decenas de blancos y esféricos huevos. Nos aproximamos cautelosamente para no perturbarla y en su pesado cuerpo y sus ojos llorosos advertimos la angustia de la extinción.

La lluvia nos tomó por sorpresa y resolvimos regresar al poblado donde dormimos arrullados por el ronco sonido del mar y el gotear de la lluvia sobre el techo de la casa.

Desayunamos, empacamos el fiambre, los materiales de campo, y salimos en dirección al cerro Trinidad entre una tibia llovizna. Atravesamos la pista abandonada y cubierta de vegetación del que fuera supuestamente un aeropuerto en épocas de la prisión.

Cruzamos el piedemonte y nos internamos en la selva por una pequeña trocha que nos llevaría al otro lado de la isla. Había un bosquecito de madures en flor de cuyos pétalos morados exudaba un látex amarillo y pegajoso, usado ocasionalmente por los pescadores como pócima secreta. Deparamos de súbito frente a un sorprendente romerillo o pino colombiano, cuya especie habita las selvas bajas de América Central.

Más al fondo descuellaba un madroño donde una manada de micos capuchinos daba cuenta de las amarillas y ásperas frutas. Por los gritos de alerta y el movimiento entre las ramas pudimos suponer que no éramos bienvenidos. Los monos nos miraban extrañados mientras movían nerviosamente sus cabecitas blancas. Sobre estos primates, tan comunes y conspícuos en la isla, no hizo ninguna alusión Cieza de León, en su maravillosa crónica del Perú, cuando describe con sorprendente acuciosidad sobre la fauna de Gorgona y por esta razón es probable que los monos capuchinos hayan sido introducidos a la isla en época reciente. Tres horas mas tarde habíamos coronado el cerro y pudimos divisar la inmensidad del océano, y al oriente comenzaba a despejarse el continente. Sobre la cumbre cubierta de espesa selva virgen, encontramos la curiosa laguna de La Cabrera, donde vimos deslizar entre la escasa vegetación acuática a las últimas babillas de la isla, ahora celosamente protegidas por los funcionarios del Parque.

Iniciamos el descenso hacia el costado sur, donde encontramos los árboles más corpulentos y magníficos de todo el recorrido, sandes y abarcos gigantes. Algunos presentaban raíces fúlcreas, tabloides o zancos como les denominan los nativos del Pacífico y, donde según ellos duerme durante el día la Patasola. En ese lugar permaneció oculto entre la selva por más de cuarenta días Eduardo Muñetón tamayo, el Papillón colombiano que logró fugarse de Gorgona en tres ocasiones. Sigiloso y huyendo de los guardas que lo buscaban por mar y tierra, logró sobrevivir alimentándose de cangrejos y frutos silvestres, mientras construía, con la ayuda de un improvisado cuchillo, una pequeña balsa de troncos amarrados con bejucos y lianas de la selva.

Muñetón Tamayo estudió el ritmo de las olas y las mareas, observó la dirección de la corriente y una noche de lluvia se lanzó en la oscuridad. La madrugada lo vió remar libre y solitario rumbo a los manglares de Basán. Fue recogido por un barco pesquero que lo llevó a Buenaventura y tres años mas tarde volvería inconforme a la isla.

Finalmente llegamos a la playa de Mancura de arenas verde oscuro, originadas de lavas volcánicas pulverizadas por el intemperismo marino. Líneas de cocoteros repletos de racimos inalcanzables orlaban el borde de la isla hasta perderse de vista, y los cangrejos ermitaños corrían apresurados arrastrando sus pesadas casas ajenas.

Mientras almorzábamos sobre los troncos de plantas derribadas por el embate de las olas, dos aletas amenazantes cruzaron el mar frente a la playa, y largas filas de impasibles pelícanos volaban rasantes sobre el mar espumoso. Bebimos la frescura de los cocos verdes, y continuamos por la playa camino el paso de Tasca. En algunos sectores fue necesario remontar por la selva para evitar los peligrosos acantilados, y por primera vez nos deparamos con una serpiente venenosa que permaneció inmóvil mientras pasamos respetuosos por su lado. Alcanzamos la inmensa playa de Gorgonilla con sus miles de conchitas y caracoles coloridos; aguamalas y medusas gelatinosas yacían sobre la arena húmeda y bajo el sol abrazador emitían visos iridiscentes.

Las gaviotas y los chorlitos playeros levantaban vuelo a nuestro paso y un enjambre de otras aves marinas revoloteaban sobre la isla de Gorgonilla. Caminamos hasta tenerla frente a nosotros, dejamos nuestras mochilas y decidimos abordarla por el paso de Tasca.

Años atrás era posible pasar de Gorgona a Gorgonilla sin mojarse los pies durante la marea baja, pero ahora fue necesario nadar por algunos minutos. La arena ardiente bajo los pies descalzos no permitió incursionar más allá de la orilla. Sobre los árboles del despeñadero del acantilado, había una enorme colonia de fragatas de mar, y sobre los nidos de ramas secas, sobresalían las siluetas emplumadas de los polluelos.

De regreso, nos internamos nuevamente en el bosque por un magnífico sendero. Al atardecer buceamos sobre los corales de Playa Blanca y descubrimos que la verdadera maravilla de Gorgona estaba bajo las aguas.

 
   

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