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Relatos
  De boronda por el Patía 
Junio 18,03
Autor: Alvaro José Negret   
 
 

Desde épocas de la Conquista y de la frenética búsqueda del dorado, el Valle del Patía fue una de esas regiones que los conquistadores y viajeros evitaron por las condiciones malsanas de su tórrido clima y por la presencia de las mismas febriles del paludismo, la disentería y la fiebre amarilla.


Desde épocas de la Conquista y de la frenética búsqueda del dorado, el Valle del Patía fue una de esas regiones que los conquistadores y viajeros evitaron por las condiciones malsanas de su tórrido clima y por la presencia de las mismas febriles del paludismo, la disentería y la fiebre amarilla.

La primera incursión europea al valle del Patía, fue realizada en 1535, por los castellanos Pedro de Añasco y Juan de Ampudia, lugartenientes de Sebastián de Belalcázar, que avanzaron junto con una banda de aventureros hacia las comarcas del norte, más allá de los límites de la gobernación del Perú. Dichos capitanes, con un valor y resignación solo comparables a su codicia y crueldad, como dijera Arcesio Aragón, en su historia de Popayán, recorrieron el norte del valle del Patía, enfrentando y sometiendo a los feroces indígenas sindaguas.

Belalcázar, dos años después, encontró a su paso tan irritados a los habitantes que sólo logró atravesar el valle del Patía luego de vencer la resistencia que le ofrecían en la batalla de Guazábara.

A lo largo del período colonial y hasta épocas recientes, viajeros y mercaderías transitaron obligatoriamente por los frescos caminos de las montañas, única forma de comunicación entre las capitales de Quito, Popayán y Bogotá.

Desfile de indios

Por esas vías andinas desfilaron sudorosos e inconformes, los indios cargados con sus propios tesoros, con los primeros libros y las primeras imágenes sacras de la escuela quiteña. Años mas tarde, el inhóspito valle del Patía dio asilo a los primeros negros cimarrones y libertos que desbravaron bosques secos y rastrojos de cactus, abriendo las puertas para el establecimiento de grandes haciendas.

La parte sur del Valle, permaneció desconocida hasta entrado el siglo XX, cuando a raíz del conflicto con el Perú, se designó al ingeniero Julián Uribe para construir la carretera que ligó definitivamente la ciudad de Popayán con Pasto y Mocoa.

He recorrido ese valle desde niño y lo conozco bien a lo largo de sus 80 Km de extensión. La pasada visita la realizamos con estudiantes de la Universidad del Cauca haciendo un recorrido desde las cabeceras de los ríos Timbío y Quilcacé, que forman el Patía, hasta la zona baja de los viejos meandros de La Balsa en el centro del valle.

Sobre la planicie de Piedrasentada reconocimos el origen volcánico sedimentar de gran parte de sus suelos y localizamos en la cima de la cordillera Central los edificios volcánicos de Sotará, San Alfredo y Cutanga, fuentes de los materiales piroclásticos que hace millones de años se depositaron en el valle, luego de descender lsa montañas en asombrosas avalanchas.

En El Bordo

Junto a la población de El Bordo analizamos sobre el paisaje otra parte de la geología patiana, denominada formación Ismita, la cual tuvo su origen en los sedimentos depositados en el fondo marino y que luego fueron replegados sobre el continente por la acción orogenética que elevó la cordillera Occidental. Esta formación, que lleva el nombre de uno de los ríos más bellos del alto Patía, está compuesta por espesos paquetes de areniscas y conglomerados de centenas de metros de espesor. Uno de sus tres miembros lo constituyen finas y oscuras areniscas donde se observa una sorprendente profusidad de minúsculos caracoles, conchitas y otros moluscos fosilizados que evidencian su pasado oceánico.

Desde el borde de El Bordo divisamos la maravillosa planicie del valle del Patía, que titilaba bajo el calcinante sol del mediodía. En la lejanía y recostados sobre el piedemonte de la cordillera occidental centellaban como pequeños espejos los recodos del río y hacia el otro lado envuelto en sus propias nubes se destacaba el fálico cerro de Lerma.

Descendimos las curvas de La Lupa, de donde se parte hacia los confines de la Bota Caucana, pasando por Bolívar y San Sebastián. Pasamos la pequeña quebrada de Palo Bobo, donde hace muchos años había bosquecitos de verraquillo que los campesinos cortaban y ahumaban para elaborar antipáticos pero útiles perreros.

En El Patía

En el lecho de la quebrada encontramos xilópalos o troncos petrificados de color de ámbar, cuyo origen se remonta al período terciario, época de agitada actividad volcánica que ocasionó su sepultamiento y posterior fosilización. Pasamos de largo frente al ruidoso parador Patía y llegamos al acogedor pueblito del mismo nombre, cuya majestuosa ceiba cubre la totalidad de su plaza central.

De las enormes ramas pendían los frutos maduros y de algunos de ellos se desprendían al aire las sedosas lanas con que los colibríes tapizan sus delicados nidos. Ocho estudiantes cogidos de sus manos, abrazaron su corpulento tronco y al vernos se arrimó Don Jacinto Caicedo Rosales para contarnos que cuando niño, hace setenta años, la ceiba estaba idénticamente igual.

Bebimos el cremoso kumis de la tienda, compramos una gigantesca sandía que alcanzó para todos y seguimos nuestro viaje hacia la orilla del río.

En el centro del valle, sobre la superficie totalmente plana, se irguió como un fantástico castillo encantado el cerro de Manzanillo, cuyo nombre original parece haber sido Charguaiguaico. Allí, según la leyenda de los negros de la pequeña localidad de El Puro, los viernes santos ven una gallina con siete pollitos de oro y existe una gruta que guarda los tesoros de los empautados donde es posible salir con grandes riquezas si se es astuto.

Azul del cielo

El río reflejaba el azul del cielo y sobre las playas de piedras redondeadas, grupos de anguillas y chorlitos migratorios caminaban nerviosos. Bajo la sombra de los guabos florecidos que cobijan las márgenes del río, cardúmenes de sardinas y sabaletas se disputaban en la superficie cuanto caía del árbol mientras un inquieto martín pescador las observaba atento.

Luego de un baño, atravesamos el río para visitar la cocha o madrevieja de Olaya, un antiguo meandro donde nos deleitamos observando las aves silvestres bandadas de garzas blancas y morenas permanecían inmóviles sobre los árboles, las pollas y los gallitos de ciénaga nos miraban maliciosos y una pareja de zarcetas rojas se ocultó entre los juncos.

En ese lugar, años atrás eran frecuentes varias especies de patos como la zarceta negra y el patico bola de mantequilla, que desaparecieron para siempre, como desaparecieron los venados y otras tantas especies.

Deforestación

En los últimos años se ha incrementado dramáticamente la deforestación y la quema de los bosques secos del Patía y por esta razón se encuentran en peligro de extinción la mayoría de los mamíferos nativos y varias de las 182 especies de aves que hasta la fecha hemos reportado en el valle.

La tala indiscriminada, la práctica tradicional de las quemas y la cacería, han destruido uno de los patrimonios biológicos más ricos e interesantes del Departamento y del país en general.

La Corporación Regional del Cauca, CRC, debería cuanto antes crear un programa de localización y protección de los últimos relictos de bosque y, conjuntamente con los propietarios de fincas y haciendas, garantizar la sobrevivencia de las especies vegetales y la fauna nativa.

Se torna además prioritario y urgente un amplio programa de sensibilización y educación ambiental a todos los niveles.

De regreso

Aquel día por la tarde, cuando caminábamos de regreso por el viejo sendero de Olaya, una bandada de torcazas moradas sobrevoló sobre nosotros y emocionados recordamos el sensible soneto a la paloma torcaz del poeta huilense José Eustasio Rivera: Cantadora sencilla de una gran pesadumbre entre ocultos follajes la paloma torcaz acongoja las selvas con su blanda quejumbre picoteando arrayanes y pepitas de agraz y después por la tarde taciturna y vivaz en la copa del guaimaro, que domina la cumbre, ve llenarse los montes de silencio y de paz y entreabriendo las alas que la luz tornasola se entristece la pobre de encontrarse tan sola y al impulso materno de sus tiernas entrañas amorosas, se pone a arrullar las montañas y se duermen los bosques y se apaga la luz.
 
   

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