Inglés Francés Mapa Recomendar Contacto
Buscar


Página PrincipalQuienes somos?Viviendo el Cauca Localidades Sitios Turísticos
Niños Totoroes (indígena)  expresan su cultura a traves los bailes traditionales
Francisco José de Caldas (el sabio Caldas) contribuyo al conocimiento de la flora



Relatos
  De La Manguita a la Cueva de Uribe, titanes en el Patía..? 
Junio 04,04
Autor: Mario González Cuellar   
 
 

Remenbranzas sobre El Patía


Una de las más significativas experiencias de mi vida en lugares del país distintos a Bogotá habría de transcurrir en El Patía, región que visité varias veces en mis años más jóvenes, la primera de ellas con mis hermanos y progenitora quien nos llevó entonces para conocer al abuelo Milciades, su padre, radicado ahí en los años setenta después de muerta la abuela Elvira. Era sobre la Panamericana, más precisamente entre El Estrecho y Galíndez, en un punto conocido como "La Manguita". Lo primero que salta a mi memoria al evocar esos momentos es el inmenso calor no sólo en cuanto al clima se refiere sino afectivo por parte del abuelo y otros familiares que constantemente estaban rodeándolo, o que encontramos previamente en nuestra "avanzada" que fue El Bordo, pero me llamaba más la atención en lo que respecta a mi patriarcal ascendiente por la manera de compaginar ternura con esa reciedumbre suya proveniente no sólo del aspecto espigado, altivo y corpulento que mantenía, sino también por lo curtido que estaba del trasegar de otros tiempos por su natal Huila y por el Valle del Cauca donde había extendido "y de qué manera" su progenie (a la postre diseminada por todo el suroccidente del país) eso sí! al mejor estilo que suele pensarse es exclusividad de los paisas de "pura sepa", es decir, con la misma compañera "hasta que la muerte los separe" en tanto que ya en el capítulo de su vida correspondiente al Patía, el cual sería el último, no le faltó un "vástago" más, fruto esta vez de la unión que estableció con Ezequiela, una mujer afroamericana con quien tuvieron a Harold, vivaz mulatico de buena estampa, fiel reflejo de la de sus "taitas". Cómo olvidar con ellos las sensaciones del sabor de la carne seca al humo que preparaba Ezequiela, de la leche tibia recién ordeñada en las primeras horas del día a bravas vacas cebú por el abuelo Milciades, o el galope de "Alacrán", su caballo favorito, cuyo nombre hacia honor al de los "respetables" artrópodos arácnidos que en esos tórridos lares de cuando en cuando se nos aparecían a los más curiosos desafiándonos con sus tenazas y ponzoña. Merece capítulo aparte el descenso hasta "el río" que en realidad no era uno sino la confluencia de varios de ellos como el Guachicono, el San Jorge y -si mal no recuerdo- el Sambingo, travesía que cada cual hacía con su propia premisa: Los mayores en busca del vital liquido que faltaba y era preciado en La Manguita hasta donde lo transportaban en "timbos" o canecas mediante tractor y a lomo de las "bestias", menos de "Alacrán" que era exonerado de esa tarea no sólo por el favoritismo del cual era objeto sino porque se le confiaba la misión de llevarnos cual Pegaso por esa senda culebrera a los jóvenes visitantes que, por nuestra parte, no teníamos expectativa distinta a la avidez de la aventura y de poder llegar a refrescarnos y divertirnos pescando sardinitas en alguno de los recodos más tranquilos de esa colosal afluencia de aguas y playones que parecían forjados por titanes y me recordaban permanentemente que todo en esa región era gigante y mágico aunque allá se presentara tan normal: el abuelo en lo que a figura y corazón se refiere, las sandías que él nos partía, los cerros circundantes de cuyas leyendas nos hablaba como el de Lerma, sin olvidar los no pocos desfiladeros y barrancos de ese corto pero aventurado descenso desde La Manguita, y por supuesto las "arañas pollas" (o polleras?) cuya presencia nos era recordada por los cascarones de sus corazas abandonados en las bocas de las grutas que aparecían de repente entre la espesura de la vegetación a la vera de ese camino de herradura y que según los lugareños estaban comunicadas por dentro con otra descomunal presencia de la región representada en la Cueva de Uribe cerca de la cual estaba nuestro destino, sólo que las evidencias dejadas por las "arañas pollas" junto con los chillidos de los murciélagos y el olor a humedad que salían de aquellas grutas disuadían a cualquiera de adentrarse a verificarlo. Olvidaba mencionar que sí teníamos en tal correría un objetivo común con los mayores consistente en el sancocho y el "manjar blanco" preparados en la rivera y que degustábamos en lo pleno de la jornada en medio de mucha fraternidad y en aras de coger ánimos para el regreso.

El abuelo Milciades tendría años más tarde una muerte tranquila, con una sonrisa en los labios según supe por mi mamá y seguramente debido a la satisfacción de haber podido congregar hasta último momento a los representantes de tan fructuosa descendencia que -aunque de manera itinerante- siempre estuvo en torno a él, junto a la fiel Ezequiela y a Harold ya convertido en un hombre tan activo y amable como el buen Milciades.
 
   

Regresar

Recomendar  
Imprimir  
Comentar  


Página PrincipalQuienes somos?Viviendo el Cauca Localidades Sitios Turísticos
Copyright © Universidad del Cauca
LATIN - Laboratorio de Tecnologías de Información
Grupo de Investigación en Ing. Telemática
Grupo de Investigación en Desarrollo Turístico
Carrera 2 No. 1-25, Urbanización Caldas
(+57 2) 82 4115 -823 1730
Popayán, Cauca, Colombia
tampu@unicauca.edu.co