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Relatos
  Rio Palo Arriba 
Diciembre 17,02
Autor: Alvaro José Negret   
 
 

Autor: Alvaro José Negret La región oriental del Departamento del Cauca, entre el Valle geográfico del Cauca y el Nevado del Huila en la cordillera central, guarda extraordinarias historias, ricos recursos naturales y sorprendentes paisajes naturales.

Belen
Fotógrafo: Biko

EL LIBERAL, 3 DE Octubre de 1997

La región oriental del Departamento del Cauca, entre el Valle geográfico del Cauca y el Nevado del Huila en la cordillera central, guarda extraordinarias historias, ricos recursos naturales y sorprendentes paisajes naturales.

Esa zona montañosa del Departamento, habitada desde épocas inmemoriales por indígenas Paeces, constituye el origen de todas las fuentes hídricas que abastecen los actuales centros urbanos del norte del Cauca, y de ellas dependerán las numerosas industrias que se establecerán próximamente en esa región, acogidas por la Ley 218, mas conocida como Ley Páez.

Desde los primordios de la conquista de América, según las noticias historiales de Fray Pedro Simón, esa bella región fue reconocida por las dificultades de acceso y por la oposición que ejercieron los indígenas que habitaban la sierra alta de los Pijaos.

Paeces y Toribíos

Aparentemente el nombre de Pijao o Pixao correspondió a una confederación de grupos indígenas que unieron esfuerzos para contener la ocupación y el sometimiento español en el siglo XVI. Esa confederación fue constituida muy seguramente por: Paces, Toribíos, Tálagas, Aviramas, Yalcones, Putimaes, Guanacas, Calocitos y Timanaes, cuya ferocidad y su espíritu guerrero solo fue la respuesta a la supuesta necesidad de someter a unos “bárbaros caníbales que no aceptaron ni las instituciones civilizadoras españolas, ni el mensaje redentor cristiano”.

Durante esta guerra fueron realizadas numerosas acciones que llevaron a la destrucción de poblados y puestos avanzados, fundados por los españoles, entre los que destacan San Sebastián de la Plata en 1573, destruido totalmente por el Cacique Calambás, y seis años después la ciudad de Caloto.

De estas luchas en que cayeron vencidos don Juan de Ampudia, Pedro de Añasco, García de Tobar y Domingo Lozano surgieron los mitos de la Cacica Gaitana, Calarcá y Don Baltasar. Solo Pascual de Andagoya, luego de su llegada a Cali, emprendió la conquista de la región, llamada de Apirama, con 150 soldados, 60 caballos y numerosos arcabuces con los cuales lograron vencer a los indígenas. Aún en este siglo los Paeces han hecho sentir la valentía y su amor a la libertad, en la voz de Quintín Lame y Pio Collo que clamaron desafiantes por sus legítimos derechos.

Alrededor del río

Hace días tuvimos la oportunidad de visitar esa región, específicamente la zona que comprende la cuenca hidrográfica de El Palo. Nuestro propósito fue el de evaluar el estado de los ecosistemas naturales y la cobertura vegetal que protege las nacientes de este importante afluente del río Cauca. Tomamos la vía asfaltada que de Santander de Quilichao conduce a Caloto, atravesando las espléndidas llanuras de las viajas haciendas de San Ignacio y Japio, salpicadas de guaduales en cuyos bordes pastan enormes y jorobados cebúes. Media hora mas tarde aparecieron sorpresivamente los grises tejados coloniales de Caloto y las viejas casas blancas de huertos con limoneros de olor a azahar y guanábanos repletos de frutos muricados. La plaza central invitaba al reposo bajo la sombra fresca de sus palmeras y samanes.

Al otro lado del parque relucía la iglesita típicamente páez, que como otras de la región han sido declaradas patrimonio cultural de la nación. Al interior del amplio atrio se destacaba la imagen de la Niña María, cuyos largos cabellos le confieren un semblante infantil, y aprovechamos nuestra visita para confiarle un pedido milagroso.

Retomamos la polvorienta carretera hacia el oriente y vimos sobre las estribaciones de la cordillera los recientes asentamientos de paeces provenientes de Tierradentro, llegados poco después de la fatídica avalancha que destruyó gran parte de su territorio.

Hermoso paisaje

La carretera remonta por momentos pequeñas colinas que permiten divisar la inmensidad del valle geográfico del Cauca. Cañaduzales que se extienden hasta perderse de vista y cuya productividad depende necesariamente de las aguas de riego que provienen de la cordillera. Llegamos a la localidad de El Palo luego de atravesar el puente sobre el río del mismo nombre. Hace un siglo el río Palo era navegable hasta Puerto Tejada, donde atracaban los buques de carga provenientes de Cali y a donde retornaban con enormes cargamentos de plátano, yuca, cacao y frutas tropicales. Desde las puertas de sus casas, los habitantes del lugar pescaban sabaletas, rabicoloradas y bagres y barbudos. Ahora es apenas un riachuelo por la dramática deforestación a lo largo y ancho de la cuenca hidrográfica.

Remontamos por el lado izquierdo, y aguas arriba del río, la carretera se hizo mas difícil por la fuerte pendiente y por los muchos huecos y piedras que era necesario esquivar. Observamos varios puentes colgantes, de arcos sencillos, elaborados en guadua por los indígenas, verdaderas obras de arte sobre las cuales se continua transportando la cultura material de un lado para el otro.

Dejamos la carretera que lleva a la próspera población de Toribío donde el padre Antonio continúa su ingente labor de establecer el CECIDIC, casi una universidad indígena. Continuamos por la vía que conduce al célebre pueblo de Tacueyó, donde el mercado de día domingo efervecía a eso de las diez de la mañana. La calle había sido tomada por las blancas toldas a cuya sombra relucían cientos de cachivaches y ropas de promoción.

Estaba también el estrepitoso y viejo motorcito que convierte el azúcar en algodones de colores casi venenosos. Había puestos de frutas en el suelo y camiones destartalados cargados de olorosos bocachicos traídos desde el río Magdalena. Vimos elaborar los ya muy raros helados de paila de cobre, en cuyos bordes se critaliza la crema azucarada, mientras gira sobre un nido de hielo. Recorrimos apresurados todas las secciones del mercado y retomamos nuestro viaje en dirección a las montañas. Pasamos silenciosos sobre aquella triste región donde fueron sacrificados por su propio jefe cientos de jóvenes guerrilleros. Entramos en la zona altitudinal de las palmas de cera, las mas altas del mundo y árbol simbólico nacional, que otrora cosechaban raspando con el lomo de un cuchillo el cerumen blanco azulado de sus fustes.

Palmas de cera

Cera perlada tan fina como la carnauba brasileña, que en épocas coloniales usaban para impermeabilizar y lustrar las manufacturas de cuero. Don Arcesio Chamizo, vecino del lugar y desbravador de aquellas montañas por allá en los años 30, nos explicó que la existencia de tantas palmas en los potreros obedecía a que nadie las cortaba porque la fibra de sus troncos deteriora el filo de las hachas y machetes. También nos contó que hace muchos años, los osos frontinos se encaramaban por los troncos hasta el penacho de hojas para extraer con los dientes el tierno y suculento palmito.

Había en el lugar, según Don Arcesio, bandadas de pericos de orejas amarillas que se alimentaban de las pepas aceitosas de las palmas. Esta bella especie de loro, semejante a un guacamayo, se encuentra amenazada de extinción, y en la actualidad apenas se conoce un pequeño grupo sobreviviente en los andes de la vecina república del Ecuador.

Nevado del Huila

Finalmente, antes de coronar la cumbre de la cordillera, entramos en los bosques de niebla o selvas andinas, donde las nubes se derriten a su paso entre el follaje. El carro se detuvo ante un enorme deslizamiento que taponaba la vía y desde allí seguimos con nuestras mochilas al hombro hasta la línea, donde existe una enorme antena de la Aeronáutica Civil. Frente a nosotros, como por arte de magia, se destapó el magnífico Nevado del Huila. Una fantástica mole de nieve de 6.5 Km de largo por 2 de ancho, y cuyo pico se levanta por encima de los 5.600 msnm.

Lenguas glaciares descendían casi hasta ponerse en contacto con la vegetación arbórea y los casquetes de hielo reflejaban un azul intenso. En sus alrededores reconocimos la existencia de dos muy distintas especies de frailejones, una de ellas de grandes flores color oro como los girasoles. Sobre los troncos de los árboles había varias orquídeas de flores bizarras, aromas sutiles y encendidos colores.

Tres horas mas tarde divisamos la bella laguna de Paez, en cuyas orillas armamos nuestras tiendas para pasar la noche. El viento silbaba a su paso y hacía crispar la superficie de la laguna. Según Doña Fermilina Calambás, indígena nacida en el lugar, el sonido provenía de la “Madre de agua” que hacía chasquear las olas sobre las negras rocas en señal de extrañeza por nuestra presencia.

Doña Fermilina, a quien le habíamos encargado la preparación de la comida, nos sorprendió con una hirbiente sopa de cuchuco que contenía papa, maíz, ullucos, cubios y coles enteras. Mientras comíamos en la oscura cocina de la casita de bahareque nos contó que después de la avalancha del río Paez, pasaron por allí muchas gentes con palas y picos en busca de lo que quedó del pueblo de Irlanda. Este pequeño poblado se había convertido en un importante centro del mercado de látex de amapola y en los fines de semana los compradores transportaban enormes sumas de dinero en costales de fique.

Casualmente el día de la avalancha se desarrollaba una importante reunión de traficantes oriundos del Valle, Tolima, Huila y Antioquia. Según parece quedaron enterrados en el lodo muchos millones de pesos. Ahora sobre el pueblo de Irlanda solo quedan huecos por todas partes y jaurías de perros hambrientos que devoran lo que encuentran a su paso.

El humo del fogón enrareció el ambiente y nos hizo llorar por un instante.

Al amanecer, al otro lado de la laguna, dos pescadores indígenas lanzaban a las heladas aguas sus anzuelos forrados en lombrices y seis paticos blancos nadaban plácidos entre la bruma que se levantaba de la superficie. Les compramos algunas truchas arco iris para el desayuno y luego partimos en dirección al inhóspito páramo de Santo Domingo.

Subimos nuevamente hasta la cima de la cordillera atravesando bosques de laurel donde las torcazas collarejas revoloteaban en grandes parvadas. Volteamos en el alto de la línea e iniciamos el descenso por las nacientes aguas del río Palo. Un conjunto de pequeñas quebradas de aguas oscuras, casi negras, eran el producto del lento destilar de los páramos. Luego se convirtieron en el río Santo Domingo y mas tarde en el río Palo antes de alcanzar el Valle.
 
   

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