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Historia
  El Monasterio de Religiosas Agustinas de la ciudad de Popayán, bajo el título y patrocino de La Encarnación 
Septiembre 20,04
Autor: Francisco Paz Medina, Presbítero   
 
 

Reseña histórica del Monasterio que resalta su importancia para el turismo de la ciudad


Uno de los grandes atractivos turísticos de la ciudad es el Monasterio y la Iglesia de la Encarnación. La actual calle quinta, a partir del Parque de Caldas hasta la Iglesia de la Ermita, es la más fotogénica de Popayán y la más típicamente española. A poco andar se encuentra uno con el Templo de la Encarnación, de austera arquitectura colonial. El interior del Santuario sorprende por la belleza deslumbrante del Altar Mayor y de los laterales, obra maestra de manos adiestradas en el señorío de nobles vegetales que conservan en la pura entraña el oro viejo del solar nativo. Los ventanales de tupidas celosías que dan sobre la única nave, sugieren la presencia discreta de monjas de clausura allí asomadas, cual palomas, en el susurro amoroso de la plegaria. Y al doblar la esquina, topamos con el primoroso camarín volado que nos traslada a la más pura ensoñación de lo castellano. Y en traspasando el amplio zaguán del actual Colegio Mayor del Cauca, se nos abre como una aparición de siglos que se fueron, el amplísimo patio monacal, las arcadas pletóricas de recuerdos, los majestuosos corredores silenciosos y la íntima convicción de encontrarse en cualquier recodo la huidiza persistencia de una monja. No me incumbe en esta conferencia adentrarme en el estudio arquitectónico de esta maravilla, sino asomarme a la luz de documentos históricos, al pasado de este Monasterio que dejó huellas benéficas en la sociedad payanesa.

UN DOCUMENTO EXCEPCIONAL

Existe en el archivo de la Arquidiócesis un librito de trascendental importancia para el estudio histórico de este Monasterio. El título es particularmente largo: “La sagrada Regla del gran Doctor de la Iglesia N.P. San Agustín, debajo de la cual viven sus Monjas, aprobada por diversos Pontífices, y últimamente por NN.SS.PP. Paulo V y Urbano VIII. Con las Constituciones que guarda el observantísimo Convento de Religiosas Agustinas, de la Ciudad de Popayán, debajo del título, y patrocinio de la Encarnación. Sacólas de los Sagrados Cánones que observa la religión de Agustinos Eremitas, el ilustrísimo y reverendísimo Señor Doctor Fray Agustín de la Coruña, del mismo Orden, Obispo que fue de dicha ciudad, y único fundador del Convento. Están aprobadas por todos los señores Obispos de esta Santa Iglesia de Popayán, y ahora reimpresa de orden del ilustrísimo Señor Doctor Don Diego del Corro, del Consejo de su Majestad, Obispo de dicha Santa Iglesia. Con licencia reimpresa en Lima, en la imprenta de la Plazuela de S. Cristóbal. Año de 1756”.

Estas Reglas y Constituciones fueron solamente proclamadas, según anotación del mismo libro:”Certifico yo Antonio Hurtado de Mendoza, Notario del Juzgado eclesiástico de esta ciudad, y obispado de Popayán que estas Constituciones son las mismas que han guardado y guardan las Religiosas del Convento de la Encarnación de esta dicha ciudad con asistencia del Señor Licenciado Dn. Juan Villalón Miranda, Abogado de los Reales Consejos, Provisor, y Vicario General, estando todas las dichas Constituciones, y unánimes, conformes vinieron en ellas, y pidieron confirmación de ellas para ante su Santidad, y para el mandato del dicho Sr. Provisor, y Vicario General, doy la presente, y lo firmo en Popayán, a tres de Agosto de mil seiscientos y noventa años. Antonio Hurtado de Mendoza”. Poseemos, pues, el clarísimo dato que las Reglas se reimprimen en 1756 y son proclamadas nuevamente en 1690, casi en el centenario de la fundación del Monasterio.

SEMBLANZA DEL FUNDADOR

En el encabezamiento de estas Reglas y Constituciones de las Agustinas de la Encarnación, se reconoce como único Fundador al Ilustrísimo Sr. Fray Agustín de la Coruña. Este ilustre Agustino y segundo Obispo de Popayán (1564 – 1589), era el mismo que en 1562, desde México llegaba a Madrid acompañado por los Provinciales de S. Francisco y de Sto. Domingo. Venían a informar al Rey sobre los obstáculos con que tropezaba la evangelización de los indígenas en la Nueva España, y a defender los privilegios concedidos por la S. Sede a los religiosos. Felipe II ya se había fijado en el apostólico misionero agustino, que durante treinta años había trabajado incansable en tierras mexicanas, para elevarlo a la dignidad episcopal. El aviso de haber sigo escogido para obispo de Popayán, le encontrón en Sevilla.

En Coruña de los Condes, Provincia de Burgos, había nacido Fray Agustín en los primeros años del siglo XVI, en el seno de noble familia. Llamábanse sus padres Diego de Gormaz y Catalina de Velasco. Casi adolescente ingresó en la Orden de S. Agustín y recibió su hábito en el célebre Convento de Salamanca el 24 de junio de 1524. En manos del célebre Arzobispo de Valencia, Santo Tomás de Villanueva, entonces Prior, hizo la profesión el año siguiente. Se hallaba aún estudiando en Salamanca cuando llegó a esa Universidad, en 1527, San Ignacio de Loyola. Años más tarde, recordará Fray Agustín las visitas de Iñigo y sus compañeros al convento agustiniano.

Hay cartas de Fray Agustín de la Coruña a San Francisco de Borja, y particularmente una de 1565 que se conserva en los “Monumenta Historica” de la compañía. (T.1, pág. 72) Fue uno de los seis primeros agustinos que desembarcaron en México, el 22 de Mayo de 1533 para iniciar labores en Chilapa. En 1560 fue elegido Provincial de su Orden y como tal firmó una carta el 25 de Febrero de 1561 en defensa de los indios. Al enterarse de su elección para Obispo de Popayán, quiso declinar esa honra, pero el Rey le obligó a aceptar. El 1 de marzo de 1564 era preconizado en Roma, y en octubre se consagraba en Madrid.

Según le informó el Consejo de Indias, en toda América “no había cosa más necesitada de doctrina que Popayán”. Se empeñó entonces en traer nuevos operarios, y entre estos, a los jesuitas. No había entrado aún la Comapañía de Jesús en la América Hispana. Pero hasta México, como dice Fray Agustín, había “Llegado la fragancia de los olores de la santa religión”, y ahora en España, declara él mismo, “aficionéme por vista de loa que en las Indias estaba en ausencia enamorado”. Empeñose grandemente Fray Agustín en traer a jesuitas a su diócesis e importunó con sus ruegos al Consejo de Indias que, no obstante la política adoptada de enviar a la evangelización del Nuevo Mundo a solo tres ordenes religiosas: franciscanos, dominicos y agustinos, le dieron autorización para traer a la compañía. Gozosamente escribe a S. Francisco de Borja: “Importuné estos señores tanto y díles otra petición en que pedía el favor de la Compañía de Jesús, y que no dándomela, que yo descargaba mi conciencia y cargaba la real. Fuéme respondido a mi petición que llevase todos los que vuestra paternidad me diese”.

El recién proclamado obispo de Popayán pedía a S. Francisco de Borja le concediera dos docenas de jesuitas “que sean tales para de nuevo así plantar la fe de nuestro Dios, como para enseñar desde las primeras letras hasta la teología”. Pero Francisco de Borja que era tan solo Vicario de la Compañía en espera del nuevo General, no se atrevió a acceder a los deseos del Prelado quien tuvo que embarcarse en Sanlúcar de Barrameda, el 5 de octubre de 1565, acompañado de dos religiosos de su Orden, y del Bachiller Juan Guijarro. Pero tuvo el mérito de abrir a la Compañía las puertas de América Española.

Solo en mayo de 1566 entraba en su Diócesis. Debió hacerlo por Buenaventura, pues el 30 de ese mes presentaba en Cali sus bulas en cédulas. Poco después hacía su entrada a Popayán. La impresión desoladora que le produjo su Inglesia se transparenta en sus primeras cartas: “La Iglesia Catedral, escribe al rey, el 2 de enero de 1567, es lástima vella toda por el suelo”. Solo contaba con dos canónigos, “porque la renta es tan poca que llegará a 900 pesos por su cuarta parte, y según la razón de esta tierra más en noventa mil maravedíes en Castilla que esto agora”. La vida en Popayán era cara en efecto. Los precios de los artículos traídos de España eran prohibitivos: una botija de vino valía treinta ducados, una vara de aceite, veinte. La pobreza del Obispo era absoluta. Solía tener por compañero a un indio, y andaba con su hábito negro de agustino, calzado de alpargatas y a pie. “Y comiendo un poco de vaca y un jarro de agua bástame”. Tal era la falta de instrucción en la ciudad que se vio obligado a ocupar a su compañero en el oficio de enseñar gramática a los niños, “para que salga alguno de ellos clérigo; pues los que de Castilla vienen, informa, todos se pasan a la Provincia del Perú, y así no hay doce clérigos en todo mi obispado”.

La situación del indio era lo que más le atormentaba. Hace una síntesis dramática de la postración de los indígenas: “La doctrina que hallé en los naturales de esta tierra, es que hallé unos españoles como maestros de muchachos en España, que enseñaban a los indios y muchachos el pater noster y el Ave María…A los mayores, ni aú se les da lugar para podello comprender, por las grandes vejaciones que padecen de sus encomenderos. La doctrina que los doctrineros enseñan es a la boca el pater noster, y asus obras fornicar y adultera y tomar sus hijas y aun mujeres, y los chiquillos y muchachos a la mañana y la tarde han de venir cargados de yerba para sus caballos. Trabajo cuanto puedo disipar tan mala doctrina, para plantar la de Jesucristo, por lo cual he sido y soy murmurado; dicen que en mi tiempo ha caído la doctrina y esto es lo que yo pretendo de disipar estos doctrineros que tanto escándalo dan”.

La tributación que los indígenas debían pagar a los encomenderos ya en trabajo personal, ora en especie, era del todo insoportable. No era mejor la suerte de los aún no dominados. Refiere el prelado que el gobernador había nombrado teniente del recién fundado pueblo de Agreda o Mocoa a un jovenzuelo sin corazón. Los indios de aquellos contornos se negaban a aceptar el yugo del conquistador, y aquel teniente, para obligarlos a rendirse, a todo indio que apresaba le cortaba las manos, y a las mujeres los senos, y así mutilados los enviaba a los caciques con la amenaza de que si no se rendían haría lo mismo con todos los indios”. En S. Vicente Páez los indios “viendo cuán cruelmente se servían de ellos, escribe el prelado, han determinado de antes acabarse que no servir”.

Desde el púlpito, la voz amenazante del Sr. De la Curuña, era inútil. El mismo lo comprendía al escribir: “Como ven, que no puedo más de ladrar, no se hace caso de mí, ni de mi aparato”. Una docena de encomenderos se aliaron para tergiversar las frases del prelado y para hacerle graves acusaciones. La frase que, según ellos, pronunciada por el prelado, causó más escándalo, fue la siguiente:”Que tenía por más pecado echar un indio a sacar oro, que echarse un hombre con su madre”. Siguió la política de su antecesor, el Sr. del Valle, que había prohibido absorver a los encomenderos, aunque prometiesen enmendarse, si no constaba de esta enmienda. Desalentado por la pertinancia de los encomenderos, había resuleto dedicarse a evangelizar a los indios “de las montañas que llaman ahora de Buenaventura”. Entregase a la visita pastoral de su diócesis llegando entre inúmeras penalidades hasta Anserma.

A fines de 1569, llega a Popayán el Oidor Pedro de Hinojosa. Se debió la visita de este funcionario de Quito a las reclamaciones del Sr. de la Coruña. Muchos encomenderos fueron procesados. En Popayán condenó a cuarenta a pagar fuertes multas; a uno le desterró de la Gobernación y dos fueron sentenciados a la pena de muerte “por contumacia, culpados de muertes de indios”. Pero el Oidor no quiso tocar la raíz del problema que era el servicio personal. La pugna entre el Gobernador Alvaro Mendoza Carvajal y el obispo se agudizó después de la visita del Oidor. Llegó a tanto que en abril de 1570 encontramos al Sr. de la Coruña desterrado en Cartagena tratando de viajar a España. En carta posterior, descubierta por el P.Pacheco, S.J. y escrita en Lima el 3 de abril de 1572 da cuenta al rey de todo el incidente y de su odisea hasta el Perú. Son escasas las noticias, comenta el P. Vargas Ugarte, de lo que hizo en el Perú, pues Calancha se limita a hablarnos de los grandes ejemplos de virtud que dio a sus frailes en el convento de Lima, y a su intervención en el suplicio que se dio al joven inca Tupac Amaru.

No obstante la repugnancia que manifestaba el Sr. de la Coruña para volver a su Diócesis, el rey, a 10 de febrero de 1572, le había escrito que regresara a su sede. Obedeció. El 2 de enero de 1577 ya se encontraba en Popayán, pues con esta fecha contesta una carta del nuevo Gobernador Sancho García del Espinar.


LA RAIZ DE LA FUNDACIÓN DEL MONASTERIO DE LA ENCARNACIÓN

En 1578 trataba de fundar en Popayán, el Sr. de la Coruña, un monasterio de religiosas agustinas. Con este fin hacía el 22 de junio del mismo año, donación de todos sus bienes. Eran estos la mina y hacienda de Guazábara y Chisquío con 27 negros esclavos. Una de las cláusulas de esta donación merece recordarse: “Y así, desde mi niñez, en la profesión en el hábito que tomé de la Orden de mi Padre S. Agustín, prometí a Dios pobreza, la cual, con el divino favor de su Majestad, he guardado en cuarenta años y más que estuve en mi Orden, y después que sucedí en el obispado de Popayán prometí a mi Dios de la guarda, y no ser propietario ni usufructuario de la renta que rentase dicho obispado. Y así digo, delante de Dios, que no he comido ni vestido ni calzado, ni gastado en necesidad mía temporal (corporal), un grano de oro, ni más de ella, sino que de limosna me he sustentado y me sustento, y que he diso solo despensero de mi Señor Jesucristo en darlo a pobres, como su Majestad manda, sin defraudar un tomín. E para mejor emplear en su santo servicio lo que ha sido de la renta mi obispado, e para el remedio de doncellas pobres y aumentar la nobleza de esta ciudad de Popayán en la fundación de un monasterio de monjas, en esta dicha ciudad, y para el sustento de ellas el día que lo comencé, fui comprando negros para su sustento y demás que fuere comprando con la renta del obispado, hasta el día que Dios sea servido de mi llevar”. Aquí esta, pues, la base económica de lo que poco después, muerto el Sr. de la Coruña, será Monasterio de la Encarnación. La hacienda de Guazábara está ubicada a poco más de dos Kilómetros de El Tambo y las minas de Chisquío no distan gran cosa de la misma población.

Pero proseguían los sufrimientos del obispo por ser infatigable defensor de los indios. Durante el Gobierno de García del Espinar no cesaron las calumnias contra él y contra su clero. Advierte el obispo al Gobernador que en las Indias es un vicio muy generalizado la calumnia: “Le profetizo a vuestra merced, añadía, que aunque viva como un San Jerónimo, no le han de dejar hueso sano, y cuando lo vea lo creerá”.
 
   

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