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Historia
  Historial de Calibío 
Septiembre 20,04
Autor: Julio César Perafán Fajardo   
 
 

Una reseña descriptiva sobre la conocida hacienda colonial


Al terminar la grada de cantera que corona el segundo piso de la casa solariega de la Hacienda de Calibío existe una placa tallada que alerta al visitante: “En esta casa vivieron distintas épocas D. Marcelino Mosquera y Figueroa, su primer dueño; D. Joaquín Mosquera y Figueroa, Regente que fue de España; D. Rafael Mosquera autor de la Constitución del 43, y Julio Arboleda escribió el poema épico Gonzalo de Oyón”. Pero antes, al más desprevenido transeúnte le hubiera llamado la atención, en corredor frontal de acceso, la placa de mármol con esta evocación: “En esta casa se decidió la batalla de Calibío el 15 de enero de 1814”. En efecto, Calibío entra en la historia de Colombia con D. Antonio Nariño derrotando a Juan Sámano. El Virrey se había hecho fuerte en la hacienda desplegando las tropas españolas en la explanada delante de la muralla, que circunda la mansión. En la dura contienda de cuatro mil hombres luchando fue herido el joven José Hilario López y recogido por un negro esclavo, sería más tarde López el Presidente que abolió la esclavitud.

En un pasadizo semiescondido de la segunda planta hay otra placa recordatoria que reza: “aquí fue decapitado el coronel español Ignacio Asín. Este veterano estratega invicto en las luchas contra las fuerzas napoleónicas en la Península había sido enviado por Fernando VII para apoyar a Sámano. Para Asín fue su primera y última gran batalla en tierras americanas. Ya entrada la tarde, al percatarse Sámano que la caballería de José María Cabal desbordaba los cuadros españoles huyó del campo con unos pocos hacia la Cuchilla del Tambo, dejando la defensa de la casona en manos del coronel Asín. En lucha cuerpo a cuerpo fue tomada por los patriotas de Nariño, y su lugarteniente Rodríguez, apodado “El Mosco” al encontrar herido arriba a Asín, lo decapitó de un tajo, ensartó la cabeza en su lanza y bajó a presentársela a Nariño, quien increpándolo por su acto de barbarie lo degradó arrancándole las presillas. La historia recordará mas tarde a Rodríguez, resentido, cuando, por la traición del Mosco, Nariño pierde la batalla de Tacines y es hecho prisionero en Pasto. Quedó entonces, trunca la gesta emancipadora. Pronto vendría la reconquista ibérica y el terror con el pacificador Morillo que cegó lo más granado de los patriotas payaneses en el fatídico año 16.

Calibío como Popayán estuvieron siempre en la frontera de la libertad: en sus estancias, como en las de Coconuco, otras generaciones compartirían la lucha con José María Obando, con D. José M. Mosquera y Figueroa y sus cuatro hijos, los que habrían de ser el Gran General Tomás Cipriano, cuatro veces Presidente, Joaquín el Presidente de la Gran Colombia, Manuel José el Obispo mártir y Manuel María el diplomático en Europa, entre otros tantos payaneses.

Hay otra placa conmemorativa en el gran salón de la residencia: “en esta sala almorzó el Libertador el 30 de octubre de 1826”. A su regreso triunfal de Junín y Ayacucho después de independizar cinco repúblicas fue acogido en Popayán con los honores de héroe y entre los muchos convites y bailes los Mosquera le ofrecieron un gran banquete en la hacienda Calibío. Era la segunda estancia de las cuatro con que honró a la ciudad y fue la más importante. Se alojó desde el 26 al 30 de octubre en el antiguo Palacio Episcopal, invitado como huésped del Obispo español Salvador Jiménez de Enciso, administrador del estadista americano. Como fruto de esta convivencia el prelado obtuvo del pontífice León XIII el reconocimiento por la Santa Sede de los nuevos Estados como lo deseaba Bolívar, a pesar del compromiso vaticano con la Santa Alianza.

Si no basta la memoria del olvido de estos y otros hechos que próceres, generales, presidentes y literatos protagonizaron para la historia de la patria, al ser borrados de sus páginas, todavía Calibío sería famosa como que es la casona de hacienda más grande y fascinante entre las coloniales del país.

Doscientos años atrás, en el apogeo del virreinato, la construyó D. Marcelino en un hermoso paraje del Valle de Pubenza, antigua pertenencia de la encomienda de D. Cristóbal de Mosquera, compañero de Belalcázar, a una legua al norte de Popayán, rodeada de canales de agua en medio de rojos robledales, de guayacanes, pomorrosos y circundada por murallas de canyos rodados de piedra. Levantada en sillares de cantera con muros de un metro de espesor, en dos plantas, amplios corredores apilastrados, paredes enjalbegadas y profusión de finas maderas aserradas y torneadas en barandas, ventanales y puertas con cerrajería artesanal. Con un área construída en cerca de tres mil metros cuadrados, cubierta con unas setenta mil tejas españolas, patinadas con cenizas volcánica y hongos litofágicos, que le dan aquella pátina de viso gris tornasolado, la planta tiene figura de L: por el frente, mirando al volcán Puracé, mide cincuenta y cinco metros de longitud y por el lado sur el corredor porticado de la llamada “cuadra de los esclavos”, más de sesenta metros. La mansión está precedida en la entrada principal por un portalón de ladrillo y teja que abre sus póstigos calados hacia el patio de los naranjos, un amplio encierro de murallas, de las mismas dimensiones de su homónimo de Sevilla en el barrio de Santa Cruz. A finales del siglo XVIII se erigió al lado de la casona, cochera de por medio, una capilla independiente, rectangular de una sola nave en tejas de tres aguas, con fachada en columnas de ladrillo, arco y tímpano abocinado que hacia fuera está a la altura de las campanas exteriores por su resonancia y hacia adentro ilumina el coro capitular. Decorada con un altar a todo lo ancho pintado al óleo sobre un lienzo y con valiosas obras de arte religioso, entre ellas los cuadros del apostolario con marcos al pan de oro donados al templo de San Francisco y hoy en el museo de Arte Religioso de la ciudad. Al pie del atrio un espejo de agua, llamado el lago de los patos, que refleja la capilla, la cual fue consagrada como viceparroquia para todo el vecindario, dedicándose en la casa un aposento para el capellán.

Para la edificación de todo este conjunto arquitectónico, verdadero monumento al equilibrio de las proporciones majestuosas y al entorno que lo circuye –donde convivieron amos y esclavos- se reunieron alarifes, canteros, maestros de obra, ebanistas, torneros que a la par con los siervos trabajaron largos años con toda clase de materiales y herramientas de entonces. Era la edad de oro y por ende de magnificencia en la construcción cuando en el Popayán colonial las familias emulaban levantando mansiones, conventos, monasterios y templos enriqueciéndolos con imaginería y joyas sacras.

De los Mosquera la hacienda pasa por herencia a los descendientes de Julio Arboleda, quien fuera casado con una hija de D. Rafael Mosquera. A su turno, Sofía Arboleda, su hija, la vendió a Ignacio Muñoz C., quien a fines del siglo pasado la cedió en venta a Don Leonidas Pardo. Por cierto, Don Ignacio, para reconciliarse, construyó, no una, sino tres casas campestres a imagen y semejanza de la de Calibío: Belalcázar, de los Valencia, Cauca de los Doria y la Ladera, en las cercanías de Popayán. De la viudad de Don Leonidas, Doña Carmen Pino de Pardo, a los Pardo, lego al yerno Don Carlos M. Simmonds y finalmente a los Simmonds Pardo.

Es así como durante otro siglo mas esta herencia colonial ha sido conservada con afecto por los descendientes, original e intacta hasta su semidestrucción por el terremoto del Jueves Santo de 1983, que asoló a la “Ciudad Fecunda”. Fieles a una constante histórica, Calibío como Popayán corren en la actualidad triste suerte, unidas por igual destino, sufrimiento y esperanza.
 
   

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