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Relatos
  Por los Caminos del Micay 
Diciembre 17,02
Autor: Alvaro José Negret   
 
 

Desde cuando éramos guías con Camilo Arroyo, amigo de infancia, soñábamos con la posibilidad de conocer las tierras selváticas donde vivían los negros del Pacífico que ocasionalmente visitaban su casa en Popayán.

Río
Fotógrafo: Biko

EL LIBERAL, 9 de julio de 1997, Pag. 8.

Desde cuando éramos guías con Camilo Arroyo, amigo de infancia, soñábamos con la posibilidad de conocer las tierras selváticas donde vivían los negros del Pacífico que ocasionalmente visitaban su casa en Popayán.

Algunos provenían de las selvas de Yurumanguí y las isla del Ají. Otros, de San Juan de Mechengue a orillas del Micay. Nunca pregunté realmente cual era la razón de su paso por la ciudad y sus largas consultas con el Dr. Arroyo, padre de Camilo. Quizá asuntos relacionados con títulos de tierras, o sucesiones que el padre de Camilo, como buen abogado, ayudaba a resolverles.

Jamás olvidaré las caras sonrientes de aquellos personajes amistosos, sus pies descalzos, sus morrales elaborados por ellos mismos, y los regalos maravillosos que traían para la casa de Camilo: una lora de cabeza azul, pieles de animales desconocidos, sombreros de hojas, bolas de chocolate molido manualmente que desprendían un olor a cacao silvestre, frasquitos transparentes con oro en polvo.

Primer viaje

El primer viaje en busca del encantamiento del Pacífico lo realizamos a los 16 años, cuando la carretera al mar apenas llegaba al Asomadero, sobre el filo de la Cordillera Occidental. Desde allí se seguía por caminos de arrieros y mulas descendiendo y subiendo montañas entre la selva hasta encontrar las aguas plácidas de los ríos litorales y embarcarse en frágiles potrillos.

La primera jornada, era en aquel entonces entre el Asomadero y el próspero pueblito de Huisitó, donde funcionaba una inspección de policía. El recorrido de descenso entre los 2600 y los 1000 metros de altitud, se realizaba y continúa realizándose, entre bosques saturados de humedad, envueltos siempre en nubes provenientes del Pacífico. El continuo trajinar de las recuas cargadas de lulos y plátanos hartones hacían los caminos intransitables por el barro, y en algunos sectores las herraduras de los cascos habían tallado el sendero sobre la roca.

Patos, terneros y marranos

En el trayecto se salía con frecuencia a pequeños abiertos entre la selva, donde se extendían los cultivos de lulo, cuyas grandes hojas espinosas disputaban el sol con millares de hierbas silvestres. El primer paradero de descanso era Tambito, hoy convertido en reserva protectora de la biodiversidad de aquella zona. Una casa amplia a la orilla del río del mismo nombre, construida de tablones de cedro y canelo de aquellas montañas. Allí vivía una señora viuda con sus gallinas, patos, terneros y marranos. Los potreros abiertos entre la difícil topografía estaban sombreados por numerosos árboles de guayaba que indicaban la existencia de un clima más benigno. El camino seguía el curso del río cruzándolo una y otra vez, se alejaba hasta casi perder su sonido y volvía a encontrarlo para permitir saciar de rodillas la sed. Un poco más abajo había un lugarejo denominado La Paila, donde habían establecido sus casas varias familias paisas de apellido Villanueva. Nos ofrecieron aguadepanela con limón y nos contaron que habían llegado de Anserma empujados por la violencia de los años cincuenta.

Por un instante paramos frente al trapiche de madera donde un caballo viejo circulaba alrededor de los crujientes maderos por donde chorreaba el espumoso jugo de caña. El humo vaporoso de olor azucarado impregnaba el ambiente, y las abejas congas atraídas por el dulce nos zumbaban en los oídos.


Paso por Juntas

Luego, pasamos por Juntas, donde se reúnen el río Tambito y el Ispandé, un pequeño caserío de cinco casitas de zinc, donde vive doña María Juana, la dueña de la tienda. Esta, apenas tienen un escaparate con la puerta abierta y está separado de la clientela por una barandilla de palos sin pintar. Sobre las tres tablas, descansaban las chuspitas de azúcar y de arroz, un frasco grande con bananas de anís, cigarrillos pielroja y unas cuanas gaseosas de envases roñosos por efecto del trajín.

Ahora llega la carretera, existe servicio de autobús tres veces a la semana y numerosos jeps realizan diariamente el viaje de turno. Desde Juntas hasta Huisitó marchamos de travesía, entre potreros de pasto micay y ganadería criolla. El pueblo nos sorprendió por su organización, sus casonas de madera y por su maravilloso paisaje.

Llegamos con los últimos tintes del atardecer y cansados nos instalamos en una de las casas donde daban hospedaje. Nos asignaron una pieza en el segundo piso donde había una maleta y una montura que años atrás algún viajero había dejado abandonadas. No nos atrevimos a tocarlas pero hubiéramos querido conocer el contenido de aquella vieja maleta amarrada con correas.

Continuaron el viaje

Madrugamos, y después de un rápido desayuno arrancamos nuevamente camino de las tierras bajas. Descendimos el hondo cañón del río Cocal, cruzamos el puente de madera sobre las turbulentas aguas verdosas que labraron las abruptas peñas y donde los gallitos de roca cuelgan sus nidos y realizan espectaculares danzas de amor.

Ya en el otro lado, iniciamos el ascenso entre el bosque que guardaba todavía la frescura matinal y donde se oían múltiples chillidos indescifrables. Tres horas mas tarde coronamos la subida de Tambores y el camino se hizo más fácil. Aparecieron los primeros cultivos de cacao, cuyas mazorcas moradas, verdes y amarillas pendían de los troncos bajo la sombra, y sus almendras frescas nos ofrecieron un agridulce estupendo, mientras tomábamos el descanso obligado.

Originario de América, el cacao, denominado técnicamente Teobroma, que significa bebida de los dioses, sorprendió a los soldados de Cortés que tuvieron la oportunidad de beberlo por primera vez en México. Paradójicamente su familia botánica Sterculiácea, alude en latín al olor a estiércol de sus flores, y sus polinizadores, minúsculas hormigas, son cautivados por la indecorosa fragancia.

Con Martín “Yuca”

Al final de la tarde, agobiados por el peso de los morrales, arrimamos al rancho de don Martín “Yuca”, que hospitalario nos ofreció su casa para pasar la noche. Vivía con sus dos sobrinos: Sinforosa de unos siete años y Jair, un poco menor, cuyos ojos curiosos y alegres inspeccionaron cada una de nuestras pertenencias.

Cazamos esa tarde un paletón y una chorola de montaña para la cena. Sinforosa me ayudó a despojarles el maravilloso plumaje antes de asarlos en las brasas de un improvisado fogón.

Hace poco tiempo volví a pasar por aquel paraje y pregunté a un arriero que me acompañaba por la suerte de aquella linda familia que jamás podré borrar de mi mente. Usted conoció a Jair? Me respondió sorprendido. Si, el sobrino de don Martín “Yuca”, repliqué. Pues el se convirtió en “Aguililla”, un personaje temido por todos, que mató mucha gente y que enfrentó inclusive a los muchachos de las FARC. Nadie sabe donde se encuentra…Y Sinforosa? Pregunté de inmediato. Era muy bella y hubo por ella mas de un tropel por estas tierras, me dijo sin mirarme. Se fue para Cali, debe estar bien por allá, es una mujer despierta e inteligente.

Una jornada mas debajo de la casa de don Martín, cruzamos la quebrada Santa Rita, donde una garza migrada pescaba inmóvil sobre las piedras cubiertas de musgo. Al fondo alcanzaba a escucharse el ronco rumor del río y sobre las montañas lejanas contrataba contra el verde del bosque, el blanco vuelo de las águilas tijeretas.

La otra historia

Hace unos meses encontré de nuevo a Camilo en Bonanza, diez minutos río arriba de Guapi, donde vive desde hace años con sus amigos los negros del Pacífico. Le comenté la historia de Jair y Sinforosa, porque estaba seguro que le interesaba volver a oir sobre ellos. Me escuchó con atención bajo la sombra fresca de las palmas de coco que crecen al lado de su casa.

Cogiéndome del brazo me dijo: te voy a contar la segunda parte de esta historia: Hace algunos años pasé por allí y encontré nuevamente a los niños. Esa vez al verme me pidieron llorando que entrara a ver a don Martín, que se encontraba muy enfermo. El viejo yacía tendido en su cama con una pierna ensangrentada, y las moscas verdes revoloteaban sobre él con insoportable insistencia.

Don Camilo, allí está la escopeta. Máteme por favor. De inmediato le respondí: No puedo hacerlo, no soy capaz de dispararle a nadie. Me senté a su lado, le tomé la cabeza con mis manos, lo miré fijamente con cariño y le hablé suavemente de cosas de la vida. Cerró sus ojos, puse mi mano firme sobre el rostro y sentí su frágil agonía. Lo enterramos en la huertica de la casa. Desde aquella vez, no he vuelto por aquel camino.

Con el arriero que me acompañaba pasamos frente a la casa abandonada, el techo desfondado dejaba pasar el sol al aposento, y las paredes de bahareque estaban repletas de finos helechillos. La huerta había sido incorporada al reino de la selva y entre los árboles, un guabo florecido dejaba escapar su deliciosos perfume, y sobre sus ramas cuajadas de pomitos blancos revoloteaban avispas, abejas y mariposas.



 
   

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