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Historia
  Apuntes históricos sobre las procesiones de Semana Santa en Popayán 
Septiembre 20,04
Autor: Mario Perafán Fajardo   
 
 

Cronología y algunos relatos sobre las procesiones de la Semana Santa en Popayán


EL ORIGEN DE LAS PROCESIONES DE SEMANA SANTA. – En los siglos XIII y XIV nacieron en toda la Europa Occidental las cofradías y hermandades piadosas, pero especialmente en la Península Ibérica. Inicialmente fueron asociaciones gremiales que se formaban para defender sus intereses materiales. Posteriormente se ponen bajo la protección espiritual de un Santo Patrón o de una advocación de Cristo o de la Virgen. En este mismo siglo XIV surgen imponentes catedrales e iglesias en estilo gótico como demostración, tanto de poderío económico, como de la inquietud de devoción espiritual. En estos grandes templos, muchas veces inacabados, se acondicionan capillas de cofradías suntuosamente decoradas.

Entre las cofradías importantes en Roma se instauraron actos de flagelación y penitencia que luego se extendieron a España, en donde escogieron como tema preferido de advocación a la Pasión de Cristo, imponiéndose como actividad fundamental en la vida de hermandades, cofradías y parroquias, los desfiles de penitencia con flagelantes. La costumbre de hacer estos desfiles acompañados de imágenes de Cristo o de la Virgen sólo aparece a finales del siglo XV, es decir, coincidiendo con el descubrimiento de América. Debe anotarse que las primeras procesiones fueron las del Corpus Cristo hacia 1948.

En España, en la época del barroco, la religión era el centro y eje de la actividad social y política. Monarquía y Papado eran el centro del poder, pero además España era el brazo armado de Roma. Era el pueblo elegido que extendía su poder y su misión evangelizadora por el orbe entero, llegando a la intolerancia y aún a enfrentamientos con Roma.

La Iglesia católica, enfrentada a la reforma propuesta por Lutero apoyó en forma decidida en el Concilio de Trento (convocado en 1559 por Paulo III y en 1562 por Pío IV), con todas las manifestaciones exteriores de religiosidad, entre ellas los actos procesionales fuera de los templos, como una arma contra las ideas reformistas.

España trajo al nuevo mundo todo lo que poseía y de todo ello su mejor riqueza: su fé, su cultura, su idioma y sus costumbres. Entre ellas las procesiones de Semana Santa que se han conservado durante cinco siglos con severidad tradicional en ciudades como Popayán, en donde descendientes de criollos, indios, negros, mulatos y zambos se convocaron y en fraternal identificación llevan sobre sus hombros o acompañan los pasos que representan la Pasión de Cristo” (Tomado del diario EL LIBERAL).

LAS PROCESIONES DE SEMANA SANTA EN POPAYAN

La historia nos enseña que Sebastián de Belalcázar llegó al Cauca en la Semana Santa de 1536. Extraña coincidencia más o menos un año desde que Pedro de Añasco y Juan de Ampudia habían salido de Quito hacia el norte, como tenientes exploradores suyos. Que a la llegada de aquel, estos y sus soldados “celebraban soberanos misterios” en su campamento a orillas del río Cauca, dirigidos según algunos cronistas, por los padres Juan de Oñate y García Sánchez. Aunque como dice Castellanos:

“Llegaron martes de Semana Santa
año de treinta y seis ya corría
pero por ser los curas ignorantes
la celebraban ocho días antes”

El Conquistador pasó por estos campos hacia el norte y en julio de 1536 fundó la ciudad de Cali, pero llevó en sus ojos y en su alma el encanto de esta comarca prodigiosa. Regresa en diciembre del mismo año y hace la fundación inicial de la ciudad de Popayán, o sea la escogencia del sitio el 13 de enero de 1537 y posteriormente la ratificó el 15 de agosto del mismo año, con el nombramiento de alcaldes ordinarios, regidores, justicias, etc.. Confirma esto la dedicación de la ciudad a nuestra Señora de la Asunción que se celebra en ese día y el nombre dado a nuestra catedral hoy basílica menor donde se celebró la primera misa.

Pocos años después de la fundación de Popayán los habitantes de esta ciudad, contando con la aceptación de las autoridades eclesiásticas, solicitaron a S.M. Carlos V Rey de España, autorización para realizar procesiones religiosas durante la Semana Santa.

El 10 de marzo de 1540, el Emperador Carlos V formó la Provincia de Popayán nombrando gobernador a Don Sebastián de Belalcázar y ep Papa Paulo III la erigió como Diócesis en 1546.

Posteriormente cuando el Rey por enfermedad abdicó el trono a favor de su hijo Felipe II en 1556, le concedió a la ciudad el título de “La muy noble y muy leal ciudad de Popayán” y le mandó confeccionar a los heraldistas un escudo en el cual aparece la “ciudad de oro” como emblema de lealtad, esplendor y belleza, con la cúpula de la Catedral, dos torres-campanarios y dos ríos que la circundan y luego se unen (el Molino y el Ejido) rodeados de árboles de roble como símbolo de defensa y fidelidad. Al fondo la cordillera con dos volcanes nevados (el Puracé y el Sotará) como representación de pureza. Sobre el cielo azul expresión de lo ideal o espiritual, aparece el sol encima de dicha sierra como máximo timbre de esplendor y gloria. Sobre el marco del escudo aparece en sus cuatro costados un símbolo que es la cruz de Jerusalén en color rojo que significan sacrificio por la fé de la Conquista, detalle que le valió a la ciudad el apelativo de la “Jerusalén de América”.

Dada esta Cédula Real e Valladolid el 10 de noviembre de 1558 a nombre del Rey Felipe II y firmada por la princesa, se constata históricamente que la merced había sido acordada por el Rey y firmada por Doña Juana de Austria, Princesa de Portugal y hermana del monarca español como hija del Emperador Carlos V. Para esa época Don Felipe II se hallaba en Inglaterra celebrando sus bodas con María Tudor y era Regente de España la Princesa Doña Juana.

La autorización para llevar a cabo las procesiones en Popayán llegó en 1558 por medio de otra Cédula Real, firmada por S.M. Felipe II y en ese año comenzaron a salir en Semana Santa.

Ni las guerras, las plagas, ni los terremotos han interrumpido estos desfiles cívico-religiosos y cuando los aguaceros y las tempestades han obligado a suspender alguna procesión ha salido la del día siguiente aunque haya sido una vez en la semana. Recordemos algunas anécdotas históricas:

Por la época cuando se iniciaron las procesiones se había preparado por parte de los indígenas desplazados que venían desde el Perú, una conspiración contra Popayán para tratar de reconquistar la ciudad y cuando llegaron a los cerros que la circundaban en las horas de la noche vieron una interminable hilera de luces en movimiento que la envolvían e imaginando que se trataba de un gigantesco ejército con antorchas y lanzas se retiraron despavoridos cuando en realidad se trataba de la procesión de penitentes del Jueves Santo. Así se frustró una matanza segura.

Cuando el Libertador Simón Bolívar regresaba triunfante después de la Batalla de Ayacucho todas las ciudades y pueblos por donde pasó le organizaron homenajes y festejos. En La Paz (le regalaron la llave de la ciudad que es de oro macizo la cual se exibía en la Casa Mosquera y pesa 44 onzas) en Lima (conoció a Manuelita Sáenz) y en Quito, fueron apoteósicos.

Popayán no se podía quedar atrás y como complemento de muchos banquetes (almorzó en la hacienda Calibío el 30 de octubre de 1826) y en atenciones, le organizaron una procesión de Semana Santa en la última semana de octubre de 1826 la cual salió de la Iglesia de San Agustín y pasó para admiración de los ilustres huéspedes por frente a los balcones de la casa de la carrera séptima con calle sexta donde se alojó el Padre de la Patria y su comitiva del 24 al 30 de ese mes conforme lo atestigua una placa colocada al lado de su portalón de entrada.

Corría el año de 1840, caracterizado por la turbulencia política y las pugnas internas bajo la presidencia de José Ignacio de Márquez amigo personal y seguidor del General Tomás Cipriano de Mosquera y Arboleda. Durante ese mandato el gobierno había suspendido los conventos menores de la ciudad de Pasto, originando el levantamiento de los guerrilleros del sur comandados por el presbítero Francisco Solano de la Villota. Como los insurgentes dominaban la comarca, el gobierno central despachó desde Santafé de Bogotá, un contingente militar al mando del general Pedro Alcántara Herrán, yerno del general Mosquera, el cual estaba encargado de apaciguar la zona.

En cabeza de franca rebeldía declarada se veía dos destacadas figuras caucanas: los combatientes José María Obando y Juan Gregorio Sarria, enfrentándose al general Mosquera porque éste, sin fórmula de juicio, acusaba a Obando como responsable del asesinato del Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre ocurrido en Berruecos, en junio de 1830.

A pasto llegaron las fuerzas gobiernistas el 19 de marzo de 1849, siendo conducido el general Herrán hasta la propia morada de Obando, donde literalmente fue retenido como prisionero, pues los habitantes de la ciudad eran fanáticos simpatizantes Obandistas. Además e los pastusos, los patianos y timbianos eran también adeptos de Obando, el general Herrán optó por suplicarle a aquel que desmotara la rebelión.

Este hecho, como es natural, causó indignación en el general Mosquera, quien inmediatamente después de conocer el suceso, apresuró su viaje desde Santafé de Bogotá hacia la provincia del Cauca, en compañía de su sobrino político, el capitán Julio Arboleda.

Mientras tanto Obando y Sarria, después e desplegar una activa campaña en el sur se dirigieron hacia Popayán, llegando al sitio de Calicanto a la entrada de la ciudad, el Lunes Santo 13 de abril de 1840. Con ellos se encontraba un grupo de lanceros de su propia tropa.

Al día siguientes, Martes Santo 14 de abril, los dos guerreros dejan sus armas para vestirse de cargueros al estilo sevillano como era la costumbre de la época, con el capirote cubriendo el rostro. Es así como portando las alcayatas en la diestra, se dirigen a la Iglesia de San Agustín para reclamar sus respectivos barrotes en el paso de la Dolorosa y así cumplir como devotos cargueros.

Cuando los dos jefes rebeldes se acercan a tomar sus barrotes son informados sobre la presencia de Mosquera en la hacienda Calibío.

En aquel entonces los cargueros sacaban los pasos a las siete de la noche, desde los mismos “burros” de la iglesia. Sin embargo como medida de seguridad Obando y Sarria toman sus barrotes en la esquina del Mascarón, cuando el síndico del paso presumía que en tales circunstancias era imposible que ese año asistirían, ya les había buscado sustitutos. Primero se presentó uno de ellos luciendo un impecable túnico de nazareno con el rostro cubierto con el capirote de penitente y golpeando con su alcayata el empedrado piso dijo en voz baja al carguero adelante izquierdo: “este es mi puesto y no lo dejaré mientras viva…, soy Sarria!”. Igualmente lo hizo Obando en el lado delantero derecho.

La noticia se regó como pólvora entre los cargueros, alumbrantes y el público que abarrotaba los andenes al paso de la procesión la cual transcurrió sin ningún contratiempo en completo silencio y recogimiento absoluto.

El gobierno regional, bajo el mando del ilustre hombre Manuel José Castrillón, se entera de la presencia de Obando y Sarria en la procesión y ordena que al terminar el desfile, se prenda a los jefes insurgentes. El pueblo de Popayán era netamente Obandista, entonces se prepara para ayudarlos y evitar sean hechos prisioneros.

Para tal efecto, los amigos y compañeros del jefe acuerdan el santo y seña de “pichón”. El plan se pone en marcha, en la esquina de la Ermita los alumbrantes apagan sus velas y a la voz de “pichón” cogen el paso de la Virgen de los Dolores, sin que nadie de los feligreses se atreva a cometer una felonía.

Los generales Obando y Sarria pudieron escapar. Al otro día el gobernador Castrillón dio la orden para que los cargueros llevaran el rostro descubierto, costumbre que perdura hasta nuestros días, al igual que la palabra “pichón” utilizada para cargar los pasos unas pocas cuadras a la entrada y salida de cada desfile.

Es la única oportunidad que tienen los aspirantes a cargueros para sentir el peso de las andas. Sirva esta historia para que recordemos a nuestros antepasados con respeto y cariño e igualmente para comprender por qué en Popayán se carga con la cara destapada.

De los aguaceros famosos que han obligado a suspender una de las procesiones en el presente siglo, está el que narra en una crónica deliciosa Herando Rojas Arboleda en la revista de la Junta Permanente Pro Semana Santa de 1993 en las páginas 23 a 26 con el título de “Porqué los cargueros de Popayán son así”, refiriéndose a lo sucedido el Jueves Santo 31 de marzo de 1938, cuando no fue posible sacarla y al día siguiente desfilaron tres pasos extras después de haber tenido que intervenir hasta el Maestro Valencia para lograrlo porque los cargueros no se aguantaron las ganas de cargar ese año.

En la Semana Santa de 1964 llovió durante tres días de martes a jueves y ninguna procesión logró terminar por completo su recorrido (yo había alcanzado a cargar media procesión el miércoles) y los frustrados cargueros lograron que la Junta y la Curia autorizaran para sacar 22 pasos el viernes en vez de 12 que están programados, por lo cual hubo necesidad de utilizar 176 cargueros y el síndico del Señor del Perdón, Sr. Reynaldo López mellamó a las 5 de la tarde para ofrecerme su barrote pues él cargaba esa noche en la Virgen de la Soledad y no podía hacerlo dos veces el mismo día. Así que ese año cargué ese imponente paso que estaba estrenando nueva esfera de plata y lo hice en la esquina trasera izquierda.

En 1983 la ciudad estaba bellísima impecablemente pintada de blanco, sus calles limpias, sus balcones adornados con materas y los árboles de los parques y avenidas florecidos. La mayoría de los turistas no habían llegado, los días fueron extremadamente calurosos, las procesiones de martes y miércoles santo estuvieron muy ordenadas y el Festival de Música estaba en todo su esplendor y cuando 60 horas después de haber escuchado el concierto para violín de Mendelssohn magistralmente interpretado por el solista payanés Hugo Valencia Quijano, en la Iglesia del Cármen con la orquesta sinfónica del Valle, sobrevino a las 8.15 am del Jueves Santo 31 el terremoto de Popayán!!!...Pero esa es otra historia sobre la cual mucho se ha escrito y se escribirá.

Miles de anécdotas podrán contarse: pasos que se han caído por romperse alguno de los barrotes (La Sentencia del Jueves Santo de 1940 en la calle del comercio y las insignias frentes al Teatro Popayán el Viernes Santo de 1949 al quebrarse el barrote esquinero derecho de adelante donde cargaba César Simmonds). Cargueros que han muerto después de haberse doblado bajo las andas (Don Arcesio Velasco Iragorri) frente a la iglesia de San José el Miércoles Santo 16 de abril de 1947 cargando el paso de El Prendimiento en la parte delantera derecha. Cargueros que han venido del exterior donde viven, todos los años (Don Jaime Fletcher de Ciudad de México), sahumadoras que también viajaban (la negra Dara desde Caracas).

Todo eso ha sucedido pero nunca se ha interrumpido esta tradición que lleva 446 años.
 
   

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