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Historia
  El parque de Caldas 
Septiembre 22,04
Autor: Jaime Vejarano Varona   
 
 

Remembranza sobre el Parque de Caldas de la ciudad de Popayán


Entre las más viejas fotografías que conozco de nuestra Plaza principal, hay una que nos ubica en la mitad del siglo pasado, cuando ese espacio cumplía las funciones de mercado público. Frente a los clásicos Portales aparecen varias bestias de carga pastando en campo de césped, en tranquila espera de sus dueños ocupados en la compraventa de productos junto a toldas elementales levantadas en la esquina sureste, teniendo al fondo aquel antiguo Mirador que allí existía y que fue rescatado dentro del proyecto urbanístico Camino Real, denominación ésta que corresponde al nombre primitivo de la calle quinta

No parece que con anterioridad a lo que nos muestra esta estampa hubiese algo diferente aquí. Pero a fines del siglo XIX encontramos otros documentos gráficos que nos indican un Parque, propiamente dicho, consecuente con un diseño formal, con su núcleo destinado al monumento principal y sus zonas verdes trazadas geométricamente, con senderos circunvalares y radiales que permitían el acceso y tránsito en cualquier dirección, como en "la rosa de los vientos".

Pueden apreciarse allí las primeras rústicas bancas de madera; las, por entonces, apenas nacientes y hoy casi centenarias altísimas araucarias; y un encierro de rejas y pilastrones alrededor; al fondo, la cuarta Catedral, aun inconclusa, que se terminó en 1906; una tapia ocupando el frente del hoy Palacio Arzobispal, y la tricentenaria Torre del Reloj. Al centro luce, como elemento decorativo, una pila de agua, labrada en piedra de cantera que parece ser la misma que hoy exorna la Plazuela de Santo Domingo y que, según refieren no bien confirmadas tradiciones, fue a parar después de 1910 a la Plaza principal de Timbío, de donde se la rescató posteriormente a cambio de un busto del Presidente Pedro Nel Ospina. (este dato queda a la confrontación de personas mejor versadas en estas remembranzas).

Al celebrarse el primer centenario de la Independencia Nacional, en 1910, se inauguró la estatua del sabio y mártir Francisco José de Caldas, acertada obra escultórica de Verlet, ocasión en que el Maestro Guillermo Valencia pronunció una de sus magnas oraciones en homenaje al Prócer, en cuyo final se produjo un silencio general de estupefacta y abstraída admiración que aprovechó el ingenioso payanés Dr. Joaquín Rebolledo para expresar en voz alta esta frase laudatoria para el orador: "Bien hizo el sabio en esperar un siglo".

En esta misma oportunidad se dieron al servicio las bancas que hoy conocemos, de soberbio diseño francés, en estructura y soportes artísticamente elaborados en hierro forjado, sobre las cuales y desde entonces se ha tejido la crónica de la ciudad.

Mis recuerdos personales de la Plaza de Caldas retienen solo algo más de medio siglo de su existencia y ellos puedo, esos sí, compartirlos responsablemente con los innumerables testigos de esta no tan lejana tradición. El Parque de Caldas supo del juego de Negritos y de la Fiesta de Reyes; de los carnavales galantes con artísticas carrozas, cuando cabalgatas de verdaderos "caballeros de a caballo" homenajeaban con serpentinas y confettis a las hermosas damas que presenciaban el desfile desde los balcones ornados con macetas de geranios, azaleas y crisantemos. Fue testigo también esta Plaza, de las ilustres Tertulias sostenidas bajo el frondoso e inolvidable carbonero por la crema de la intelectualidad payanesa, con personajes como los cuatro Maestros: Guillermo Valencia, Rafael Maya, Efraín Martínez y José Ignacio Bustamante; con los tres Toronjos Carlos, Arcesio y Hernando López Narváez,; Carlos Vernaza y Ramón Dolores Pérez; Carlos Simmonds, Arcesio Aragón, Ramiro Ramírez y Víctor Aragón; Francisco Eduardo Diago, Manuel Varona, Carlos Villamil, Francisco José Cháux y Matoño Arboleda; Julio Manuel Ayerbe, Avelino Paz, José Manuel Rodríguez y Gustavo y Daniel Vejarano Segura, y tantos otros destacados payaneses.




Cuando las calles aledañas a la Plaza recibieron el primer baño de pavimento asfáltico, hacia 1935, la colonia sirio-hebreo y libanesa obsequió en gesto recordatorio y de solidaridad, las cuatro fuentes de agua enchapadas en abigarrados y multicolores azulejos, que por algún tiempo fueron tema de controversia como elemento decorativo, hasta que los payaneses nos acostumbramos a aceptarlas como parte integral de su ornamentación.

Capítulo aparte merecen, claro está, las tradicionales Retretas de los jueves en la noche y de los domingos al medio día, interpretadas por la Banda de Músicos del Batallón Junín Nº 7, magistralmente dirigida en sus diferentes épocas por Agustín Payán, autor del hermosísimo "Valse a Popayán", por Eduardo Hurtado, "el zambo", por Efrain Orozco, gloria musical de Colombia, el Maestro Anastasio Bolívar y por su pequeña hija Gloria Bolívar quien en varias oportunidades llevó la batuta, trepada en un taburete, con solo 5 años de edad y apenas si un metro de estatura. Y el inolvidable y virtuoso compositor don Pacho Torres.

Esta plaza fue escenario, igualmente, de grandes concentraciones religiosas, cívicas y políticas, en una de las cuales recuerdo al fogoso y brillante orador, el leopardo Augusto Ramírez Moreno, quien desde la tribuna y en homenaje a la ciudad, en un peculiar estilo entre variaciones agudas y graves de su voz, decía. " .... y es que en Popayán, hasta los borricos tienen vocación para caballos de estatua!."

Las antiguas verjas que encerraban la plaza fueron reemplazadas, hacia 1940 luego de la pavimentación, por setos ornamentales de siemprevivas y resucitados; y en este paraíso pubentino se intercalaban con las airosas araucarias dos frondosos y fragantes magnolios, varios árboles de "la flor de mayo", un alcornoque (de cuya corteza se extrae el corcho), un palo de mango, dos colosales madroños y un copioso arrayán de Castilla, cuyos frutos perseguían ansiosamente los escolares, ante el acoso inane de los policías que se esmeraban por defender esos árboles.

De los recuerdos que dejo hasta aquí reseñados, en memoria y homenaje de nuestra Plaza Mayor, quizá el que nos llega con más olor de nostalgia es el de las retretas, cuando se daban cita allí todos los payaneses para intercambiar en amena y ambulante tertulia, temas intrascendentes, conceptos e impresiones del acontecer lugareño y, desde luego, el chisme del día, mientras circundaban la plaza saludando a los amigos que venían en sentido contrario y teniendo al fondo las notas regiamente interpretadas de notables y eternas melodías de Strauss, Schubert, Albeniz, Hoffman, que nos iniciaban en el conocimiento de los clásicos de la música, así como en el disfrute de los más destacados compositores nacionales.
 
   

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