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Relatos
  Fantasmas, apariciones y aparecidos 
Septiembre 22,04
Autor: Jaime Vejarano Varona   
 
 

Una interesante crónica sobre los espantos de las casonas antiguas en Popayán


Producto de mentes ingenuas o incultas, la fantasía popular suele crear mitos y alucinaciones con los cuales interpretar sus dudas, sus temores y ansiedades. De allí que dé como ciertas algunas suposiciones sobre la existencia de espíritus que asustan o atormentan a los mortales y que, por lo general, son almas trashumantes cuyo descanso eterno se logra solamente por medio de rezos, penitencias y conjuros para rescatarlas de penas o pecados que al momento de su muerte no alcanzaron a redimir.

La existencia de tales fantasmas la dan por absolutamente ciertas y aunque ninguno de aquellos ignaros haya visto u oído algo en realidad, obstinadamente confirman y se trasmiten ese conocimiento de padres a hijos, de generación en generación, hasta cuando algún descendiente más avisado o perspicaz, afirma: ..."Yo no creo en brujas, espantos o aparecidos ....pero, de que los hay, los hay."

Veamos, pues, algunos de los más reconocidos espectros creados en la imaginación calenturienta de estos candorosos ilusos que moran en el mundo de lo esotérico:
LA VIUDA: figura de una mujer escuálida y alargada que vestía
de saya color negro, hasta los talones. Su cabeza cubierta con un manto igualmente negro y unas alpargatas blancas de cabuya que contrastando con el resto de su indumentaria, delataban su presencia entre la penumbra de los tenebrosos lugares escogidos para sus apariciones.

Dicen que pasaba rezando y dando gemidos en altas horas de la noche por los sectores del río Molino, en proximidades del Barrio El Cadillal, dando así nombre y origen al tradicional "Puente de la Viuda"

Se hicieron exorcismos, rezos y bendiciones por los vecinos y el cura del sector, hasta obtener, con el paso del tiempo, su desaparición. (de sus mentes, donde habían vivido, por supuesto).

EL GUANDO: se dice de una procesión fúnebre nocturna, que
desfilaba llevando en parihuela un cadáver. La componían cuatro cargadores y cuatro alumbrantes y se los veía recorrer entre la media noche y la una de la madrugada por los alrededores del Barrio "Pandiguando", camino del cementerio.

Los rezos y los lamentos que daban los caminantes, producían terror entre los vecinos, de modo que preferían encerrarse en sus casas y prender velas por el alma del difunto.


EL DESCABEZADO: viejas historias nos cuentan de un fraile
Franciscano que demabulaban por los corredores del antiguo convento donde hoy se asienta el "Hotel Monasterio". Llevaba el capirote echado hacia atrás sobre los hombros y sus manos en actitud de piadosa oración. Mas nunca pudieron verle la cabeza.

Portaba una camándula de cuentas fosforescentes y rezaba, y rezaba sin descanso.

Años después, al ser descubierta en la cripta de la Iglesia de San Francisco la momia de un franciscano y dársele cristiana sepultura en la bóveda, dicen que "el alma en pena" no volvió a aparecer porque al fin pudo gozar de su "eterno reposo".


ENTIERROS: frecuentemente se ha hablado de luces fatuas que

indican el lugar en donde se halla oculto un "entierro". Generalmente se localizaba en las huertas de las enormes casas que había en Popayán y no pocas veces entre los gruesos paredones o "tapiales de tierra pisada" que medían hasta una vara de ancho.

Algunos, en efecto, fueron encontrados y contenían "morrocotas" de oro en ollas de barro; y, algunas, chucherías y cachivaches sin importancia ni valor real.

Lo que nunca se determinó fue el por qué ardían tales "entierros".


HUESOS QUE ARDEN: también se narra la presencia de llamas
de fuego sulfuroso que se manifestaban en los solares de casas abandonadas.

En efecto, al escarbar esos sitios se encontraban calaveras y esqueletos humanos, posiblemente restos de cementerios indígenas de mucha antigüedad.

ALMAS EN PENA: cada vez que sucedía un hecho de por sí inexplicable, como ruidos, caída de cosas, fulguraciones repentinas, etc., la imaginación popular lo asociaba con la manifestación de almas ambulatorias o "errantes" que estaban "penando" y que suplicaban oraciones, jaculatorias o acciones piadosas de personas compasivas, para que las redimieran de su pena.

Entonces, se las "encomendada" a Dios por medio de novenarios, rezos en comunidad o con las "misas gregorianas" hasta su liberación.

Muchas veces se recurría a la práctica de la "invocación de las ánimas" o espiritismo, con "medium" y todo, para que ellas manifestaran la causa de sus padecimientos.


EL DUENDE: es la figura-mito más socorrida en la imaginación
de gentes humildes, pero especialmente entre el campesinado.

Se la identifica o personaliza como a un individuo fantasmal de muy baja estatura, rechoncho, de enorme sombrero y que camina contoneando el cuerpo al ritmo de las mangas demasiado largas de un saco desmesurado para su baja estatura.

Recorría siempre los lugares donde reinaba la penumbra, de manera que su figura era muy imprecisa, lo que impedía a "quienes lo vieron" hacer una descripción siquiera aproximada de sus rasgos físicos.

Solía emitir sonidos ululantes que infundían miedo a quienes los escuchaban.

En los campos se le veía montar a caballo; y con frecuencia aparecían en las crines de cabeza y cola de estas bestias unas trencillas ensortijadas, cuyo origen nadie ha podido explicar con claridad.


EL ESPANTO DE CAJIBIO: sabedores de que en el sitio
llamado "El Cacagual" del Distrito de Cajibío, había aparecido un espíritu que decía ser el de Eugenio Largacha y que hablaba con voz atiplada, un grupo de caballeros de Popayán se trasladó al lugar de los sucesos para averiguar los extraños acontecimientos narrados.

Se decía que el espíritu de Largacha reclamada justicia diciendo que lo habían matado unos inidividuos apellidados los Astudillo, quienes fueron absuelto por un Juez "vendido".

Algunos "testigos" decían que lo habían oído "silbar el Padre Nuestro" y que una voz tímida "rezaba el Credo hasta la mitad". Otros, que perseguía a una niña y los más, que quien hablaba era el mismo diablo.

Llegada la comisión al rancho que fue de Largacha, lo encontraron abandonado y con las puertas cerradas. En la de atrás estaba pegado con cera un escrito sin firma que decía que el Señor Cura de Cajibío prohibía "interrogar al espíritu".

A voces llamaron a Eugenio Largacha para ver si su espíritu se manifestaba. Una señora llamada Purificación Burbano les dijo que Adelaida, la viuda del difunto, se había marchado del rancho atemorizada y que el espíritu le rogaba: "Aguántate, Adelaida, pido justicia".

Llegó luego una niña de unos doce años llamada Trinidad, quien dijo ser hija de la anterior. Agregó que estando en el trapiche oyó la voz de Eugenia diciendo: !Ay, ay, ay! Por Adelaida fue que me mataron; pido justicia; fueron los Astudillo".

Se le preguntó a la niña si era posible comunicarse con el espíritu y entonces ella los llevó hasta el trapiche y allí gritaba: "Eugenio, Eugenio, venga que hay unos señores que vienen a hacerle justicia. Acérquese Eugenio". Entonces se escucharon unos silbidos, cada vez más cerca, mientras la niña los traducía como: "justicia! En el aguacate me mataron los Astudillo. Por Adelaida me mataron".

La niña dijo que ya el espíritu de Eugenio quería descansar.

Los comisionados convinieron en que todo era nada más que una triquiñuela de Trinidad, quien tenía habilidades de ventrílocua, además de ser una muchacha muy vivaz e inteligente y resolvieron traérsela a Popayán para educarla.

Durante el viaje la niña siguió imitando al difunto Eugenio que con sus silbidos decía que "estaba molido del viaje, pero que se sentía muy contento de venir a Popayán."
 
   

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