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Práctica Cultural
  Los personajes sui generis de nuestras procesiones de Semana Santa 
Septiembre 22,04
Autor: Jaime Vejarano Varona   
 
 

Una interesante descripción de los otros actores poco conocidos de nuestras famosas procesiones de Semana Santa


La adustez hierática que a través de más de cuatro siglos ha caracterizado a nuestras tradicionales procesiones de Semana Santa, tiene como actores principales a varios personajes que fueron magistralmente descritos por el poeta Ricardo León Rodríguez Arce en página consagratoria.
Entre ellos, el Carguero, el Síndico, el Regidor, la Sahumadora, el Moquero, quienes con su participación, año tras año, dan a nuestros desfiles sacros el aporte humano a ese acto de veneración Divina.

Faltaba, sin embargo, alguna semblanza que realzase y perpetuare a otros personajes de menor notoriedad, pero que de igual manera constituyen, en una u otra forma, parte esencial del desarrollo y lucimiento del ceremonial. Me referiré a ellos brevemente para que en pocas líneas queden dibujados dentro de la crónica semanasantera de nuestra ciudad.

Siguiendo el orden procesional, hemos de destacar, en primer lugar, al "Payanés ausente", esa especie de hijo pródigo de la ciudad que
cada año deja de lado cualquier cosa que pudiera retenerlo en cualquier parte de la tierra, para venirse a su solar nativo a participar en la sagrada conmemoración. Con su equipaje de nostalgias y añoranzas se viene desde el Viernes de Dolores a dialogar con sus amistades de antaño, averigua los más recientes sucesos (léase chismes), pregunta por quienes han muerto durante el último año; si hacen aquí, aún, las mismas empanadas de pipián y si no ha cambiado el sabor del ají de maní.

Y al llegar la noche del Martes Santo se sumerge en esa marejada humana que antecede a la procesión y que con irreverencia patoja hemos denominado la feria del maní; saluda a diestra y siniestra mientras transita la calle abigarrada de gentes, hasta que ya cansado del patoneo y de exhibirse, busca un apretado sitio en algún andén para pararse a ver pasar la precesión.

El Barrendero: su escoba convertida en signo de suprema autoridad, empieza a despejar la calle, que invade una multitud susurrante, para que pueda discurrir sin impedimentos el drama de La Pasión; y mientras su elemento de trabajo se bate en un incansable vaivén, piensa que su participación en la cabeza del desfile sacro es tanto o más importante que otra cualquiera, porque sin él "cómo podría su Señor Jesucristo posar sus pies atormentados por la fatiga y el dolor, sobre una calle sucia de ignominias, desechos y pecados?.
De él, sí, de él depende que la via del Señor sea menos cruel".


El cieguito Baldomero: nadie supo jamás su apellido ni su origen. Pero esa su figura mansa y breve, al igual que su nombre proverbial y sonoro, nunca se borrarán del historial semanasantero.

Con su enorme hachón encendido, guiados sus inseguros pasos por un lazarillo que le da soporte mediante un bastón asido, por cada extremo y por ambos, con sus manos libres, acompañó hasta el final las cuatro procesiones de cada año, musitando plegarias que, con fe de carbonero, irradiaban en su espíritu tras la celosía de unos párpados cerrados irremediablemente sobre las profundas cuencas de sus ojos.
Su hachón se consumió junto con su vida; pero su estampa permanecerá en la fila de alumbrantes, mientras subsistan las procesiones de Popayán.

Sahumadoras de ébano: entre galas y corpiños, deslizándose armoniosamente sobre sus alpargatas de cabuya y dentro de un vistoso atuendo de "la ñapanga payanesa", las negras Concha y Sara , extienden su mano de piel oscura por entre los níveos paños, soportando con firmeza el hornillo en que arde el sahumerio de ricas esencias, para glorificar al Redentor.
Gruesa y musculosa la una, menuda y frágil la otra, pregonan ambas la fortaleza de su fé, que se eleva hacia los cielos con los vapores del incienso.
Aquesta, cuando se le propuso llevarla a Nueva York al servicio de ancestral familia payanesa, exigió como condición ineludible que todos los años se la enviaría a su ciudad para participar en el rito del sahumerio.

Y así se cumplió hasta cuando hubo de asistir a su cita final para sahumar a su Dios personalmente, ...... allá en la gloria.


Barrabás : como símbolo del descarrío de la razón y de la injusticia de los hombres, cada Jueves Santo se situaba en la esquina que da frente al templo de San Francisco, a un preso de las cárceles de Popayán, próximo a cumplir su condena. Entre dos guardianes,
sus pies aherrojados y sus manos esposadas, agitaba una campanilla para llamar la atención y, quizá en su interior, como expresando su alegría por la esperanza de una próxima libertad.

Se dice que las monedas que devotos, turistas y curiosos depositaban en la bandeja metálica situada sobre la mesa tenían como destino sufragar los gastos del monumento.

Las que le depositaban en los bolsillos de su saco, servirían para hacerle más livianas las alas de su liberación.


Los judíos : las distintas estancias de La Pasión de Cristo, representadas en los Pasos de las Procesiones, exhiben las ominosas y vitandas figuras de dieciseis sayones judíos, cuyos nombres tienen distinta procedencia:

Los hay de origen evangélico, como el del Sumo Sacerdote Anás, que va en el Paso de La Sentencia y que el común de las gentes confunde con el Gobernador de Judea Poncio Pilato, esposo de Prócula la que trató de disuadirlo diciéndole que había soñado que estaba derramando la sangre de un justo. (Al decir de Laurentino López
solo eran pretextos de esa vieja para tirarse las procesiones de Popayán). O el nombre de Malco, a quien el apóstol Simón Pedro cercenó a golpe de espada su oreja derecha cuando iba a prender a Jesús (Juan 10).

Otros, cuyo origen se pierde en la tradición oral como Longinos, el de La Cruz a Cuestas; Peranchico, en La Coronación; Salmonte y Brocaló, en La Crucifixión; Rufo, el que ata a una cuerda al Señor en El Huerto; y Augurón, quien lo secunda en su perversa actitud.

Otros nombres fueron inventados y adjudicados a los judíos por el Maestro Guillermo Valencia en complicidad con un amigo guasón, el Dr. Juan Wallis, de acuerdo a su similitud facial o gestual con reconocidos personajes de su época:

Pujolino, aquel que desaforadamente sopla la trompeta; Lorenifio, el del farolito en el paso de La Sentencia, junto a su primo Florenifio.
Ayalí y Saturbufá, en Los Azotes; Gala, en El Prendimiento, junto al ya mencionado Rufo. Elicafú, en La Sentencia, acompañado por Malco.

El arrogante Montelifio, con aquel de atusado bigotico, Salsifí, en el Paso de Los Azotes. Laveluz y Jotapata, en La Coronación, junto a Peranchico, que aparece arrodillado.
 
   

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