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Práctica Cultural
  médicos, boticas y menjurjes del endenantes 
Septiembre 22,04
Autor: Jaime Vejarano Varona   
 
 

Apuntes sobre los médicos y las farmacias de antaño


Medicina !oh ciencia maravillosa
que has hecho tanto ...................
... por el bolsillo de tantos.!


Ante la absoluta indefensión a que nos vemos sometidos los usuarios de los nuevos organismos de salud prepagada; ante el exhorbitante precio de los compuestos químicos fabricados por sofisticados laboratorios, con muy diversos, enigmáticos y sugestivos nombres para un mismo producto genérico, delicada y artísticamente empacado, con estampas y colorines (y su valor agregado); ante ese calvario que debe recorrer cualquier mísero humano que tenga la desdicha de enfermarse y que se inicia, si lo amparan (!), o nó, los Seguros Sociales, con la onerosa exacción de una "cuota moderadora" (especie de peaje) para la primera palpatoria y se continúa con un rosario de exámenes clínicos de sangre, orina, excreciones, sudor y lágrimas; seguidos de los de pulmones, hígado, pancreas y riñones; pasando por la curva de glicemia, el perfil lipídico, los cultivos, de hemoglobina y toxoplasma. Regresando con todos ellos a las segundas palpaciones y, por supuesto, dejando en cada uno de ellos una dolorosa, dolorosísima contribución económica y no recibiendo, a cambio, ni siquiera el NIT del médico o del laboratorio, haciendo una larga espera para obtener una cita a 60 ó 90 días (cuando ya para qué!), pero con el consuelo de no tener que sacar más dinero puesto que nos aplicaron ya la ingeniosa fórmula de "pague ahora y enférmese después", he dirigido mi pensamiento y mi memoria a esa manera como antiguamente se administraba la medicina

¿Quién que haya vivido en esos años no recuerda al médico familiar?. Esa figura venerable, comprensiva, amable y compasiva que llegaba con su maletín negro a nuestra casa y que antes de preguntar por el enfermo, inquiría por el estado de salud de cada uno de los sanos; saludaba a cada cual por su nombre, pedía un tinto y compartía un buen rato la vida familiar. El paciente, entre tanto, entendía todo ello como parte del tratamiento de modo que al recibir, finalmente, al médico al pié de su cama ya se sentía manifiestamente aliviado. Luego el galeno, con santa paciencia preguntaba por los síntomas, daba dos o tres sacudidas al termómetro y lo aplicaba bajo la lengua enfermo, con lo cual aprovechaba otros minutos para prolongar su entretenida visita, le aplicaba sus manos maravillosas y ordenaba que prepararan sendas tazas de agüita de toronjil o yerbabuena, incluída la que él tomaría, mientras alguien iba a la botica a hacer preparar cualquier menjurje o receta de droga blanca, conocida como "fórmula magistral".

¿Y la cuenta? ....ah!, eso era lo de menos. Algunas veces bastaban unas palmaditas en la espalda, acompañadas de un "no te preocupes"; otras de un "despuesito de la hago llegar"; y en no pocas ocasiones y después de haber realizado tres o cuatro visitas domiciliares "veinte pesitos" y un "me regalas un cigarrillo?.

No faltaba, desde luego, el enfermo imaginario, el hipocondríaco y celebérrimo don Carlos Bucheli, quien se quejaba constantemente de todo y por todo; y hasta se disgustaba si un amigo lo encontraba de buen semblante. Y que ante la incredulidad de quienes lo conocían por sus aparentes dolencias físicas, encargó su propio epitafio que dijera: "No les dije que estaba realmente enfermo?."

Y si el médico nos era tan familiar, no lo eran menos los farmacéuticos y las farmacias o boticas; recordamos con nostalgia las de don Roberto Sánchez, Carlos Dueñas y Carlos Villamil, tertuliaderos payaneses; la de don Jorge Tobar, el depósito y laboratorio de don Tulio Solarte, las boticas de los doctores Manuel José Mosquera, Rafael Diago y Gabriel Caicedo; el Laboratorio Químico de don Carlos Latorre, con su célebre Oxi-Pulmol; y a los boticarios Genaro Guerrero, "pajarito" Carvajal, Etiel Montezuma, Tito Barragán, Antonio González Vidal, Gerardo Astudillo y al famoso Balanta quien tenía una fórmula mágica de verdad para curar el hipo y se murió ...... de hipo.

O las farmacias homeopáticas surtidas de glóbulos para cuanta dolencia se conociera; fórmulas de don Eladio de Valdenebro que vendías sus descendientes, las inolvidable hermanas Albán, allí en la carrera novena, frente a la casa paterna del susodicho. En estas curiosas y atiborradas tiendas farmacológicas encontrábamos unos frascos de líquidos de todos los colores, como matraces, cuyo contenido, hasta hoy, nos tiene intrigados y que nadie, ni siquiera sus dueños pudo adivinar; las inefables bolsas para agua caliente, lavativas esmaltadas con sus respectivas terroríficas cánulas, infusorios, píldoras de éter y "Píldoras de vida del Dr. Ross"; "Jarabe Calmante de la Sra. Winslow", aceite de Bacalao, "el del pescado a cuestas", mentolatum alemán, acónito, valeriana, mercurio cromo, sal hepática, ipecacuana, fomentos, ventosas, aceites de linaza, de almendras y de oliva, sebo, manteca de oso y de cacao (para las peladuras), y, en fin, tantas cosas que llegó a ser axiomática la expresión "De todo, como en botica."

Y si eran especialmente singulares el médico familiar, las boticas y los boticarios, no lo eran menos los remedios usados para las más diversas aplicaciones y dolencias:

La otoba y el unto sin sal, para las heridas, supuraciones y en las "camas" de las niguas; las ventosas, para sacar los fríos; el polvo Juan o polvo rojo, para matar los piojos y las liendres; el parche poroso, los fomentos y el calomé, para cualquier cosa que doliera; y la infundia aplicada con hojas de higuerilla, para cualquier cosa que oliera.

Para la fiebre, el crémor tártaro y el agua de linaza; para la rasquiña causada por el chandi, el carranchín o el caspi, el famoso Mitigal ("si te pica, no te rasques; úntate Mitigal" - decía la propaganda) Y las lavativas, esas horrendas lavativas de caña-agria, aplicadas con bodoques o tubitos de arracacha en lugar de cánulas; aceite de castor y almendras con tajadas de naranja, para las contusiones; el tomate, para los "corrimientos"; el quenopodio, como infalible purgante; las cáscaras de quina, para las fiebres palúdicas, el cloroformo, para la "huequera" de los pies; poleo, yerbabuena, en leche hervida, para los resfriados; apio y orozús, para los males de estómago; la cáscara de plátano soasada, para sacar culebrillas de los dedos; y los "compuestos" para el "ojo de pollo", el ahogo, el dengue o el "cólico miserere", así como las compresas de carne mojada en vino, infalibles para el dolor de cabeza y los buches de coca, para el dolor de muela.

La lista de remedios y enfermedades raras, de boticas y de boticarios, y la de los inolvidables médicos familiares se haría interminable, si pretendiéramos hacerla exhaustiva. Por lo tanto, dejo la tarea de completarlas a los amables lectores que hasta aquí me hayan acompañado.

Solo me resta decir que conservo la esperanza de que cuando me lleguen mis días y mis males, tenga a mano la bondadosa atención de mi médico familiar, el remedio casero y la botica de turno con su fórmula magistral.

Así sabré que he muerto feliz y en el pleno disfrute de mi salud.

!Salud!.
 
   

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